Remembering Pasolini

pasolini

 

Por José García

 

Que quede bien claro: esta pura y simple eventualidad de afiliarme hoy, a mis casi cuarenta y siete años, al PCI, no se realiza solo porque aún no me sienta capaz de hacer voto de castidad sino también porque el equívoco continúa, y me sé incorregible en perseguir mi manía de verdad (no sé si se trata de verdad o de amor a ella, pero está claro que es una manía: tal vez autolesionismo, tal vez apego a mi calidad de elegido, destinado a elegir entre vulgaridad e idealismo). Así se expresaba Pier Paolo Pasolini en un poema epistolar dirigido a los funcionarios del Partido Comunista Italiano, publicado en Milán décadas después de su expulsión del mismo, bajo el título Trashumanar y organizar (1971).

De hecho, muy pronto se cumplirá uno de los aniversarios más vergonzantes de su historia para la izquierda internacional: setenta años hará que el PCI decidió suspender de militancia al poeta que acabó asesinado en una playa de Ostia mientras buscaba los negativos de su último y perturbador filme, Saló y los 120 días de Sodoma (1975). Pasolini fue objeto de una denuncia interna por corrupción de menores mientras ejercía como profesor de instituto, y los jerarcas del partido no dudaron ni un momento en librarse de aquel intelectual marxista y ateo capaz de rodar palabra por palabra El evangelio según San Mateo (1969).

Desde luego que la muerte violenta del poeta continúa hoy siendo un misterio. Cada vez que se conocen más datos y documentos sobre el asesinato resulta menos consistente la teoría de que aquel fuera una iniciativa individual de uno entre los muchos chaperos que frecuentó en su vida el artista obsesionado por retratar en gran parte de su obra cinematográfica y literaria la corporalidad popular. Sus enemigos políticos se contaban a pares. Hasta la Democracia Cristiana italiana ha estado en el punto de vista de los investigadores. “Se lo estaba buscando”, afirmaría años después del asesinato el primer ministro italiano, Giulio Andreotti.

Pero, sobre todo, el caso de Pasolini resulta paradigmático de las relaciones históricas de la izquierda con los artistas e intelectuales homosexuales hasta hace muy pocas décadas. Un paradigma del que también fueron víctima otros como Gil de Biedma, en Cataluña, o Lezama Lima, en Cuba, por citar solo un par de nombre relevantes en una lista demasiado larga.

La pregunta sería ahora, ¿ha superado ya la izquierda sus prejuicios? ¿ha abandonado su proyecto redentor para maricas y otros parias del sexo? ¿se ha despojado esa izquierda de su beatitud y está decidida a incluir las luchas que tienen al cuerpo como principal campo de batalla en su agenda de prioridades? ¿O seguirá siendo el sexo una cuestión secundaria, una asunto completamente individual, un fenómeno inmutable por formar parte de una nueva versión del ‘derecho natural’ en ese discurso naif tan en boga de la diversidad sexual, y no un régimen político susceptible de disidencia y subversión?

Porque si no, habría que preguntarse otra cosa: qué tienen en común todos los que, a izquierda y derecha, adjuraron del último filme de Pasolini, cuyo guión es una fusión de un relato del Marqués de Sade con la historia de la República de Saló, como se conoce a los últimos meses del régimen mussoliniano y sus monstruosidades, y cuya brutalidad es retratada con inquietante literalidad en esta cinta aborrecida por tantos, hasta el punto de servir de pretexto a un proyecto de aniquilación hoy irreparable.

El poeta que compuso sus primeros versos inspirado por Rimbaud, l’enfant terrible de la poesía simbolista francesa, siempre dejó claro el contenido altamente metafórico de Saló, alegoría descarnada del autoritarismo fascista. Y ni entonces, ni cuando fue expulsado del PCI, abandonó su ímpetu de transgresión:

Yo pienso que escandalizar es un derecho, ser escandalizado un placer y quien rechaza ser escandalizado es un moralista… También he hecho en estos días dos “modestas propuestas” a la manera de Swift: devorar a los profesores de la escuela obligatoria y a los dirigentes de la televisión italiana…

Diría poco antes de morir a una televisión francesa con motivo su visita a París para controlar la versión gala de Saló, según recoge su pariente y biógrafo Nico Naldini.

 

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