Centenario de Ingmar Bergman: la radicalidad de un cineasta mal conocido

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Por Eduardo Nabal

 

Hubo un tiempo en que se intentó fundir a un autor tan poco convencional como Ingmar Bergman con sus fantasmas acerca del silencio de Dios y el peso en su vida de una educación protestante, poblada de ángeles y demonios. Pero Bergman, por encima de todo eso, desafíó muchos tabúes todavía presentes en la industria cinematográfica de los cincuenta y sesenta, como el temor a la muerte, el horror de la guerra, la locura y la enfermedad, la disgregación de la familia y también el peso nefando de algunas máximas herederas de su formación religiosa y su educación represiva. También abordo de forma inusual los fantasmas de la sexualidad y las sexualidades diversas, en filmes como Persona (con sus dos mujeres aisladas del mundo, que se aproximan de forma corporal) o De la vida de las marionetas, dando voz a la pasión lésbica e incluso llegando a aproximarse a los fantasmas del incesto o los aspectos más oscuros de la psiquiatría al uso.

Hoy se le recuerda por la partida de ajedrez con la muerte en El séptimo sello, por los juegos con la memoria y los recuerdos amorosos de Fresas salvajes, por la descomposición familiar y la descripción de una agonía y el amor-odio en filmes tan exaltados como Gritos y susurros, pero fue un radical en las formas y en la definición de algunos de sus personajes, como demuestran sus trabajos más arriesgados: Persona, La hora del lobo o El huevo de la serpiente, esta última un fresco social en forma de abismo sobre la llegada del nazismo y sus íntimos fantasmas, escondidos en una sociedad decadente, incapaz de exorcizarlos. Bergman en sus comienzos coqueteó con la comedia, el drama psicológico y también se aproximó de forma muy personal al cine de terror, a la sátira social y al melodrama familiar de hondo calado psicológico. El rostro, el primer plano, donde se inscribe no solo el dolor o la alegría sino también una mirada lúcida e irónica sobre su mundo.

Es posible que sea aventurada una lectura política del cine del maestro sueco, aunque muchos de sus filmes han sido, a su manera, alabados por el movimiento feminista y, sobre todo, imitados por el cine del este de Europa, con legados tan perturbadores como el cine de su musa Liv Ulman o del austriaco Michael Haneke quien, como Bergman, a partir de inquietantes inmersiones en la psicología de sus personajes, ha logrado retratos nada complacientes de una Europa sacudida de forma imprecisa por el fantasma del totalitarismo, el miedo y la autocracia.

Filmes como Persona muestran la extraña modernidad, la ausencia de tabúes y su visión de la locura instalada en personajes que no dejan de ser un reflejo de su sociedad y de su época, desde la mudez al grito, desde el perfil a la oscuridad. En El silencio también aparece de forma harto particular el amor entre mujeres, mujeres que viven la experiencia de los traumas de la guerra encerradas en diversas formas de mutismo y decorados fantasmales, donde sobrevuela el fantasma de la infancia, la familia y el paso del tiempo. Otros como La vergüenza son intemporales alegatos antibélicos rodados con una fuerza expresiva renovada en el cine europeo de los sesenta y con una huella indeleble en el cine que trasciende la tragedia personal para llegar al alegato sociopolítico. Prestidigitador, ilusionista, capaz de mostrar los lados más oscuros de la relación entre hechos sociales como la religión y la familia tradicional, Bergman se adentró en las sombras más oscuras de la sociedad de su tiempo.

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