Mapplethorpe, censurado

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Por Juan Argelina

 

Han pasado casi cuarenta años desde que Robert Mapplethorpe mostrara por primera vez sus fotografías sadomasoquistas incluidas en su X Portfolio, y lo que se publicó casi clandestinamente, poco a poco llegó a ser una declaración de principios que apuntaba al corazón mismo de la censura como arma política para controlar el pensamiento y ordenar los límites morales de lo socialmente aceptable. Cuarenta años de prohibiciones y escándalos, que siguen cobrándose víctimas. La última de ellas, el director del Museo Serralves de Oporto, João Ribas, que dimitió la semana pasada tras haber presentado una exposición donde se incluían fotografías con imágenes sadomasoquistas extraídas del X Portfolio.

A pesar del tiempo transcurrido, aún sigue manteniéndose la misma postura cerril con respecto, no sólo a las imágenes sexualmente explícitas, sino incluso a cualquier tipo de manifestación artística que presente desnudos, o, yendo más allá, a todo tipo de “exceso” que se considere molesto. Nuestra “disciplinada” sociedad funciona ya como el “panóptico” de Jeremy Bentham, es decir, como una prisión con su torre en el centro y celdas en círculo a su alrededor, en la que el guardián puede observarlo todo, hasta el punto de que cada prisionero llega a vigilarse a si mismo. Así nos hemos acostumbrado a una censura constante, ahora agrandada por las redes sociales, donde la hipercomunicación ha logrado que colaboremos en la construcción de nuestra propia celda, exhibiéndonos, desnudándonos sin pudor en un mercado casi pornográfico. Aparentemente nadie nos coacciona, pero asumimos la necesidad de renunciar a nuestra privacidad ante la presión de la masa, y aguantamos el hecho de vivir expuestos a que nuestros secretos queden abiertos, a cambio de poder acceder a los de los demás. Como dice Byun-Chul Han, “Google y las redes sociales, que se presentan como espacios de libertad, adoptan formas panópticas. Hoy, contra lo que se supone normalmente, la vigilancia no se realiza como ataque a la libertad. Más bien, cada uno se entrega voluntariamente a la mirada panóptica. A sabiendas, contribuimos al panóptico digital, en la medida en que nos desnudamos y exponemos”.

Hemos llegado al punto de convertir nuestro yo desnudo en una imagen-mercancía, expuesta en el mercado digital pornográfico. El capitalismo no conoce ningún otro uso de la sexualidad. Por ello parece inquietántemente contradictorio el escándalo ante las fotografías de Mapplethorpe. Todos los fotógrafos saben con qué facilidad su trabajo puede transgredir el orden de este “panóptico” al acercarnos su visión sexual del cuerpo humano. La fotografía de Mapplethorpe indaga en el cuerpo como deseo y amenaza, como espejo y metamorfosis, como fantasía y obsesión, castigado e idealizado en una estética provocativa. Por ello nos saca del confort de nuestro espacio privado y nos obliga a buscar en nosotros mismos aquello que nos ha sido negado. Es cierto que ya no nos sorprenden imágenes como los retratos que Mapplethorpe hizo de la culturista Lisa Lyon, pero nos hemos vuelto poco abiertos a aceptar todo aquello que nos transmita ambigüedad o transgresión. En una cultura que concede tanta importancia a la comunicación visual, la imagen fotográfica es un arma poderosa para mantener el statu quo, y por consiguiente debe ser sometida a un constante escrutinio. La estética también es política.

A juzgar por la última reacción a la muestra de Mapplethorpe, no puedo ni imaginar la que podría causar hoy día la que se realizó en el Reina Sofía en 1988 sobre la obra fotográfica de Joel Peter Witkin, que no hace sino proyectar sus propios deseos sexuales sublimados en un fetichismo en el que la muerte y la deformidad se convierten en metáforas de un mundo decadente. Quizás sea esto lo que nos perturba, sobre todo en una época en crisis como esta. El reflejo del espejo es demasiado sombrío. Dicen que Mapplethorpe es pornográfico. Dudo que sepamos distinguir ya los límites de la pornografía, habida cuenta de que en la sociedad del espectáculo en la que vivimos todo lo es.

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