Izquierda Unida y el feminismo institucional no saben andar con tacones

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Por Eduardo Nabal

 

La postura cerrilmente abolicionista en el tema de la prostitución (vista como ‘un todo’) de partidos como Izquierda Unida y cierto sector de la izquierda (la derecha no va a ser mencionada en este artículo, porque no se espera nada bueno o positivo de ella en estos temas llamados algo así como ‘ideología de género’) no es nada nuevo. Pero el ‘desliz’ del Partido Feminista liderado por Lidia Falcón de comparar la transexualidad femenina a toda suerte de formas de explotación sexual nos devuelve a tiempos y lugares oscuros que muchos movimientos hemos luchado por dejar atrás, entre ellos un sector menos retrógrado, reaccionario y cegato del movimiento feminista.

La cruzada antisexo liderada recientemente por IU y el feminismo institucional tiene ahora como objetivo no solo la libertad de las mujeres que ejercen la prostitución y quieren unos derechos (¡oh cielos! ¡Se han atrevido a sindicarse!). También la transexualidad femenina sigue causando incomodidad y hasta ‘espanto’ en un sector institucionalizado del movimiento de mujeres, que, afortunadamente, aunque lo apoyen algunos partidos ¿de izquierdas?, ya no es mayoritario, gracias a la larga lucha de las personas trans que, entre otras cosas, han liderado el 28 de junio, hoy Día del Orgullo LGTBIQ.

Vamos a hablar claro. Si esos partidos son homofóbicos y transfóbicos (como lo delatan sus discursos dignos de Pablo Casado), que lo digan; para que los que creemos que la causa de las libertades sexuales y los avances de género son causas de izquierdas y de justicia social dejemos de hacer ya el ridículo llamando a sus puertas sin obtener más que silencio o este tipo de respuestas cargadas de prejuicios, odio e ignorancia. No olvidemos que el primer ‘recorte’ de IU fue el área afectivo sexual. Las mujeres -así ‘en general’- son otra ‘cosa’, aunque ahora solo parecen interesados en dividirlas en ‘buenas’ y ‘malas’ mujeres.

Parece que la derechización en cuestiones de género en todo el planeta (no solo en cuestiones de género, pero también en cuestiones de género) ha afectado también a un sector de la izquierda y el feminismo que nunca se sintió demasiado a gusto integrando y luchando con claridad por la causa LGTBIQ, como demostraron en Cuba, por ejemplo, o siguen demostrando con su silencio ante la Rusia de Putin y su apego a ídolos detestables y máximas antisociales, que no solo niegan los derechos a las trabajadoras del sexo, sino que crean una corriente de opinión contra la transexualidad femenina, que en los tiempos de las feministas más carcas (lésbófobas, acomodaticias, sumisas, burguesas) se veía poco menos que como una intrusión desubicadora en el ‘movimiento de mujeres’.

Las mujeres trans son mujeres tanto o más que ellas, les guste o no al Partido Feminista y a una izquierda que, en estas cuestiones, poco movió ni contra la lucha contra el VIH durante los primeros tiempos de la pandemia, ni por la diversidad sexual que a la señora Falcón y sus secuaces les parece, a estas alturas, una amenaza cronenbergiana para su ya fraudulento movimiento de mujeres, convertido en un museo de cera.

Si la izquierda de verdad y el feminismo no abandona esta especie de cruzada moralista y ahora tránsfoba y cargada de odio y prejuicios, va a ser hora de que empecemos a mirar hacia otro lado que no sean las derechas fascistas y homófobas que llaman al linchamiento de personas trans en países como Brasil, a no esperar falsos y tramposos apoyos hacia nuestra causa, una causa interseccional que no gusta a un tipo de política que cada vez nos representa menos en cualquiera de sus sectores y facciones.

No saben moverse de sus ídolos, avanzar hacia adelante con o sin tacones, no saben mirar a realidades próximas y no siempre fáciles, ni son capaces de ser inclusivas, ejerciendo el mismo tipo de discriminación y palabras de odio que las propias mujeres han sufrido tanto tiempo.

Muévanse de sus púlpitos ‘revolucionarios’ o quítense la careta y tiéndanse a los pies descalzos del Papa Francisco, sin aparentar avances que no son reales. Mejor, avancen. O, como decía Paco Vidarte “Si todos/as y tod*s somos algo inmigrantes como lo era Lucrecia, todas, todas y TODAS llevamos tacones como los llevaba Sonia”.

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