‘Green Book’ y el racismo de baja intensidad

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Por Eduardo Nabal

 

Green book es una película resultona, sólida, pero no una película valiente. Ya en la época en la que transcurre la trama o un poco después se realizaron películas contra el racismo mucho más contundentes y con menos tendencia al ‘buenismo’ (En el calor de la noche, The intruder, La jauría humana). No estamos ante un filme desdeñable pero, salvo algunos agudos apuntes sobre formas sutiles y no tan sutiles de discriminación racial, la amena relación entre los dos personajes principales y una meticulosa puesta en escena y dirección de actores y secundarios/as, el largometraje de Peter Farrelly, desde su insolente simpatía, deja a medias muchos de los temas que apunta sin ser más que un alegato hermosos pero discreto y no especialmente contundente contra algunos aspectos de la mentalidad o falta de ella en la era de Trump y sus secuaces.

Buenas ideas, pero pequeños choques sociales, engalanan un filme solvente y bien realizado, aunque nunca se va mucho más allá de una formula hermosa -la comedia dramática-, evitando emponzoñar el viaje de estos dos personajes que son, cada uno a su manera, ‘outsiders’ de la sociedad del triunfo y los valores racistas vigentes en el profundo EEUU.

El filme se apoya en dos grandes interpretaciones. Por un lado, Viggo Mortensen como descendiente de una familia italiana y trabajador en un rutilante club de fiestas de dudosa reputación, convertido en chofer ocasional de un hombre negro. Frente a él, nos encontramos un ‘tour de force’ interpretativo (lleno de matices) de Mahershala Ali, como un pianista algo altivo que debe viajar al racista sur (‘deep south’)  de 1963 en busca del reconocimiento, en una verdadera gira artística plagada de pequeños pero significativos incidentes.

Altercados no solo con una sociedad todavía anclada en el más primario racismo (desde los grandes propietarios a la policía o la gente de la calle), sino pequeñas batallas verbales entre los dos protagonistas, Tony Lip y Don Shriley, cuya situación de inferioridad/superioridad ‘social’ respecto al otro depara más de una región de ambigüedad en la interacción de los protagonistas.

La película no falla en sus puntos más importantes, al desarrollar una narrativa inteligente que va cambiando a los personajes ‘con el viaje’, pero no ofrece grandes respuestas frente a situaciones que, sin duda, allí y ahora fueron mucho más crudas. Incluye leves apuntes a cuestiones como la homofobia en un breve pero apenas desarrollado episodio, a la segregación legal, al paternalismo, etc, pero nunca llega al fondo de ninguno de estos asuntos.

El protagonista negro, cuando se ve con el otro protagonista en la cárcel, no duda en usar sus contactos con la Casa Blanca, lo que no deja de ser una oda a la era Kennedy, por tanto su antirracismo resulta más de resistencia pasiva e inteligencias variadas que de auténticos rebeldes con causa.

Ninguno de los personajes, menos aún el negro, se erige en un rebelde, ya que ‘la gira debe continuar’ y, salvo el gesto final de tocar en un ‘night club’ para su nuevo amigo, no se saltan apenas las normas de la etiqueta a la que están sujetos, con lo que el filme no deja de ser un agudo pero suave llamamiento a la tolerancia más allá de los prejuicios.

Bien lejos del universo de Spike Lee o James Baldwin, de forma directa o indirecta también presentes en la gala de los Oscars de este año. Lejos de su crispación poética o del llamamiento a un profundo cambio social y estructural de los citados.

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