Medio siglo con ‘Cowboy de medianoche’

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Por Eduardo Nabal

 

En 1969 ocurrieron muchas cosas, desde los ya célebres aunque no siempre celebrados disturbios de Stonewall -que dieron origen al moderno movimiento de liberación LGTBIQ- al festival de música Woodstock, pero no es el propósito de esta reseña referirse a estos hitos de un modo directo.

Cowboy de medianoche es la gran película de John Schlesinger de aquel año, un filme caleidoscopio que trató de forma valiente no solo el mundo de la prostitución masculina en EE.UU. (retratado sin miramientos ni conmiseración) sino también y, sobre todo, que retrató una sociedad de grandes diferencias sociales, salvajes contrastes, a través de la amistad de dos personajes contrapuestos, antitéticos y complementarios.

John Voight, como Joe, el apuesto y aniñado vaquero dispuesto a “comerse el mundo” -con sus aires narcisistas y pretensiones de conquistador- y Dustin Hoffman como ‘Rico’, un hombre gravemente enfermo que sobrevive en los cuartuchos y en las cloacas de la gran ciudad y es a uno de esos cuartuchos a los que Joe va a parar para sobrevivir ante el estrepitoso fracaso en su búsqueda del éxito rutilante que creía le proporcionaría su aspecto y ademanes.

Ambos acaban formando una extraña pareja que resulta ser las dos caras de la moneda de los desheredados del ‘american way of life’. Los ingenuos y los pesimistas.

La película está contada de forma original y, sirvió de inspiración a títulos recientes como la mítica My own private Idaho, de Gus Van Sant, con sus sueños e imágenes mentales y, también, con su re-significación paródica o trágica de las masculinidades hegemónicas, lo que supuso un avance en la visión y cuestionamiento del sexo/género dominante en la gran pantalla. Masculinidades hegemónicas, parodiadas y finalmente lloradas.

Joe intenta, sin éxito, explotar su aspecto de apuesto vaquero en calles, moteles y carreteras dando una mezcla de ingenuidad apuesta y grotesca altanería a la autosuficiencia hiperviril, sin lograr que la “belleza masculina” le abra, por si sola, la puerta de un mundo de lujo, colorido y riqueza donde las diferencias sociales se ven marcadas con extraña violencia y crueldad, ejemplificadas por la agonía de Rico, un ‘sin techo’ y ‘sin sanidad’ que convive con él sus últimas semanas de vida.

Un periplo amargo, a ratos poético, en el que ambos tratan -sin conseguirlo nunca- abrirse las puertas de un mundo kitch, asfixiante, chillón y superfluo, retratado en forma de sátira social, con una amplia gama de colores y texturas y con afilados diálogos y réplicas de Waldo Salt, el reputado y ya veterano guionista del filme.

Schlesinger es un gran realizador inglés, un buscador de formas que se fue a Hollywood para hurgar en las tripas de la pesadilla estadounidense (Como plaga de langosta). Películas como Midnight cowboy o, por ejemplo, Tarde de perros, duelen más hoy que en el momento de su estreno, cuando fueron bien acogidas, antes de la revolución conservadora y de la desaparición de la esperanza en los cambios sociales y las libertades civiles de un mundo de ganadores y perdedores.

Colores saturados, un uso atrevido de la cámara, el montaje y una mítica banda sonora dan cartas de clásico a Midnight cowboy, una de las películas más tristes, pero también más lúcidas y sintomáticas del Hollywood cambiante de finales de los sesenta, retrato de una sociedad en mutación. Un impagable fresco social y humanista que sigue dejando huella y mostrando una cicatriz generacional.

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