Jaime Gil de Biedma estuvo en Creta

 

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Por Be Gómez @srchinaski

 

No hay evidencias plausibles de que alguna vez, en algún momento de su vida, viajara a Creta. No las hay o, al menos, yo no las he encontrado. No las hay, pero me gusta pensar –y no hay en ello nada descabellado- que muy probablemente, igual que las calles transitadas de sus “bienamadas imágenes de Atenas”, las travesías cretenses  se dejaron también pasear por los pies acomodados de quien se vestía con sus trajes. Sé que, además de en Barcelona, Atenas es la ciudad en que se piensa cuando uno piensa –si es que lo hace- en Jaime Gil de Biedma. La literatura homoerótica, “ligeramente caduca y siniestra”, alimentada por una visión romántica del tutor y el efebo, tuneada después por una visión italianizante y rehomocentista del escultor y el modelo, que, tras pasar por la mirada estereotípica y burlona de Quevedo, llega a nuestros días romantizada y deglutida, en forma de una suerte de pastiche kitsch homoerótico, que diluye mansamente la ciudad de Atenas con el amaneramiento perpetuo. 

A mí, sin embargo, me gusta pensar en Rodas. Me gusta imaginar a los cruzados vencidos por el caudal de un amor embriagador y lisérgico de cuerpos de hombres desnudos y esculpidos, no necesariamente escultóricos, que se restriegan y sumergen entre sí con la misma fuerza y entrega con la que las religiones lo hacen. Con la misma ceguera. Ceguera de amor. 

Pienso en Rodas y también en el barrio de Plaka, hacia el Monastiraki, “una calle vulgar con muchas tiendas”. Y pienso en un Biedma vivo y vibrante, aunque ligeramente aturdido por la excitación del momento, abriéndose una cuenta en TripAdvisor bajo un alias de inspiración grecolatina -casi con toda seguridad-,  dándole cinco estrellas a La calle de Pandrossou, y comentando: “si alguno que me quiere alguna vez va a Grecia y pasa por allí, sobre todo en verano, que me encomiende a ella. Era un lunes de agosto después de un año atroz, recién llegado. Me acuerdo que de pronto amé la vida, porque la calle olía a cocina y a cuero de zapatos”. 

Nadie duda ya de que, por más que el invierno que viene sea duro, dentro de los poemas de Biedma es verano todo el tiempo. Porque el verano es instinto y calma, ser y no, fluir pero tampoco. Porque al abrazo queer del amor, antes de que lo queer fuese una palabra con un significado relativo a la piel, Biedma ya sabía. Ya sabía que “dejar atrás padres y patria es sentirse más libre para siempre. Y fue en verano, en aquel verano de la huelga y las canciones de Brassens y de la hermosa historia de casi amor” cuando yo supe que nunca, por más que nevara dentro, podría hacer frío entre sus versos.

Amor, amor y amor. Secreto a veces, muy probablemente. Pero también vivido a voces, vivido siendo. Amor en Creta, amor que es Creta y ha de serlo; amor, sé Creta; y amor también secretado. Y la vida después, secretando neurotoxinas de origen viral cuando el VIH era un avión de guerra y el mundo un misil aterrizado. Me gusta pensar que Jaime leyó a Pedro, alguna vez. Me gusta creer que Gil de Biedma recitó en voz alta a Lemebel y  pensar que, de algún modo, desde Barcelona, alguien ve cómo “en Nueva York los maricas se besan en la calle. Pero esa parte se la dejo a usted que tanto le interesa que la revolución no se pudra del todo. A usted le doy este mensaje, y no es por mí, yo estoy viejo, y su utopía es para las generaciones futuras. Hay tantos niños que van a nacer con una alita rota. Y yo quiero que vuelen, compañero. Que su revolución les dé un pedazo de cielo rojo para que puedan volar”. Pienso en Biedma delante de las puertas cerradas del Partido Comunista de España, pienso en Biedma y Lemebel tramando una internacional queer y pienso que el mundo es un lugar maravilloso, amable y luminoso como “la plaza en que una noche nos besamos”.  

Como a Albert Camus le sucede con Sísifo, a mí me gusta imaginarme a Biedma dichoso. Por eso, cuando escribí el poema “Reinventando Creta” (Todos los finales, 2019, Bala Perdida ed.) quise que la nieve se convirtiese en luz, “como la pupila azul del puerto de Barcelona en la mano abierta de Jaime Gil de Biedma”. Por eso me gusta tanto Jaime Gil de Biedma. Por eso le debo buena parte de la luz que entra por mis escritos. Porque, además de esa costumbre de calor, y de la pérgola y el tenis, “te voy a enseñar un corazón –me dijo un día-, un corazón infiel de cintura para abajo, hipócrita lector –mon semblable- mon frère”. Y desde entonces, hipócrita lectora, mi compañera, mi amiga, la insolencia luminosa del amor estival no ha dejado de entrar por la ventana.

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