Vox y el retorno de los ‘psiconazis’

 

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Por José García

 

Uno de los títulos fundamentales de la ola más revolucionaria del movimiento lgtbiq, cuando las brasas de Mayo del 68 y la Revuelta de Stonewall no se habían apagado del todo, fueron los Elementos de crítica homosexual de Mario Mieli, originariamente publicados en Turin en 1977 y traducido al castellano dos años después en Barcelona, con la Transición española comenzando a arrancar.

No me hubiera asaltado a la memoria un recuerdo tan lejano sino por la repentina emergencia, al calor de una ofensiva de la ultraderecha sin precedentes, de nuevos terapeutas y coachs que ofrecen ‘ayuda’ para la conversión de la homosexualidad hacia una normativa y naturalizada, de nuevo, heterosexualidad. Este es el caso de Elena Lorenzo o el obispo Juan Antonio Reig Plag, que deben de haber advertido la importancia de las tecnologías de la comunicación como punto de acceso al yo y andan ofertando terapias online y consejos a través de la web del obispado.

La primera de ellas, Elena Lorenzo, ya fue multada de manera cuantiosa por la Comunidad de Madrid por aplicar a pacientes homosexuales terapias aversivas que forman parte de la historia más negra de la violencia médico-legal ejercida contra las personas lgtbiq durante el siglo XX en Occidente. Aunque no ceja en su intento, y ahora, con un discurso legitimado por la presencia de Vox en parlamentos estatal y autonómicos, siendo decisivos para la gobernabilidad en muchas comunidades, ha suavizado las formas, pasando a presentarse, no como terapeuta, sino como coach de género, pero persistiendo en ‘ofrecer alternativas’ a lo que ella denomina ‘terapias de afirmación gay’.

Lorenzo, con aparente buenismo, promete explicar “qué es la homosexualidad, las causas que provocan la atracción hacia personas del mismo sexo, así como experimentar el proceso de coaching de identidad”. Así parece evitar el término ‘etiología’ de la homosexualidad, a la cual considera un trastorno del desarrollo, ya que pretende ayudar a los homosexuales a “reencontrarse con su identidad” y desarrollar las áreas que se quedaron “estancadas” o “frenadas” en una edad temprana en el “camino a la heterosexualidad”. Es decir, otra vez el deseo homosexual como un signo de inmadurez personal, de detención del normal desarrollo hacia una heterosexualidad adulta. Ha sido entonces cuando no he podido evitar pensar en los psiconazis de los que nos hablara Mario Mieli en la obra citada.

Uno muy destacable fue Sandor Ferenczi, quien en 1909 ya definía la homosexualidad como una psiconeurosis, para más tarde sostener una distinción entre homoerotismo de sujeto y homoerotismo de objeto. “Un hombre que se siente mujer en sus relaciones con los hombres es invertido respecto a su propio yo (homoerotismo por inversión del sujeto o más simplemente homoerotismo de sujeto), y se siente mujer no solo durante las relaciones sexuales, sino en todos las reacciones de su existencia”. Por tanto, la homosexualidad constituiría “un estado intermedio” y “una mera anomalía del desarrollo”. Más actualizada, Lorenzo dice poder explicar las causas de la ‘disforia de género’.

Y, seguramente, lo más triste es que algunos de los primeros freudomarxistas, coetáneos de Ferenczi, también abrazaron esta suerte de homofobia epistemológica, como es el caso de Wilheim Reich. Siguiendo las investigaciones de Mieli, para Reich el homoerotismo sería neurosis por “fijación infantil de la libido y sobre todo fijación en el estadio sádico-anal”; “neurosis por no liquidación del complejo de Edipo, por narcisismo persistente”; “neurosis por rechazo de la heterosexualidad”, o bien “por un defectuoso desarrollo de la primera infancia que consiste en haber recibido muy pronto una fuerte desilusión del otro sexo”.

Otros psiconazis, como Irvin Bieber, no sitúan la etiología de la homosexualidad en ámbito de la neurosis, sino en el del ‘temor pánico’ al ‘misterio’ de la mujer: “Consideramos la homosexualidad como una adaptación patológica, biológica, psico-sexual, resultado de los miedos que rodean la expresión de los impulsos heterosexuales”.

Si todos estos discursos pseudocientíficos resultan particularmente graves es porque dieron pie a prácticas clínicas excepcionalmente crueles como los electroshocks, los métodos eméticos o las lobotomías de las que se jactaron en algunos de sus ensayos clínicos psiquiatras españoles tan ilustres como Juan José López Ibor, quien en una conferencia pronunciada en Italia en 1973, y citada por la revista Interviú, llegó a afirmar: “Mi último paciente era un desviado. Después de la intervención del lóbulo inferior del cerebro presenta, es cierto, trastornos en la memoria y la vista, pero se muestra más ligeramente atraído por las mujeres”.

Una historia ignominiosa que no debería ser preciso recordar. Una historia que nos devuelve a esa idea tan butleriana de ‘la muerte como industria discursiva’, de medios discursivos, legales, materiales, que siguen produciendo y haciendo proliferar la muerte en forma de suicidios infantiles, homofobia internalizada, transfeminicidios. Violencia de la necropolítica como nueva forma de gubernamentalidad. Violencia, real y simbólica, que, como indicaba Mario Mieli, nos impide “llegar a descubrir el papel de primera importancia asumido por la represión de la homosexualidad en la etiología de la neurosis que tortura a nuestra sociedad, la Kultur”.

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