Celuloide Crip: la reinscripción cinematográfica de los cuerpos subalternos

 

Foto celuloide crip

 

Por Endika Erice y José García

 

No es la primera vez que apelamos desde las páginas de esta web al inicio de un debate que indague las prácticas culturales en las que la capacidad y la heterosexualidad son pretexto para el sostenimiento de ciertos privilegios sociales; que teorice y describa las formas en que estos campos funcionan de manera colaborativa, para generar una crítica a los sistemas del capacitismo y la homofobia, con especial atención a las formas sutiles en que estos sistemas funcionan bajo el capitalismo neoliberal contemporáneo. 

Es por ello que en julio de 2016 publiqué una fotografía mía recortada a bocados con el photoshop, en la que reivindicaba mi derecho a participar en el relato de los cuerpos deseables; así, con mi cuerpo tullido y mi bastón, provocando una especie de coitus interruptus en medio de ese desfile icónico de las apps y los muy variopintos dispositivos semióticos de los que se vale la cultura de masas contemporánea para producir el cuerpos masculino como dotado de fuerza, de agilidad y flexibilidad y, en definitiva, de una sexualidad activa.

Es decir, quería hablar de lo que Paul B. Preciado denomina cuerpos sexualmente subalternos, de aquellos que poseen menos importancia que ese cuerpo hegemónico o que ocupan una posición sociosimbólica inferior o secundaria respecto a él. Esta exposición como objeto y sujeto reivindicables del deseo, nada tenía que ver con ningún ejercicio de superación que pudiera exhibirse como ejemplo para la observadora comunidad capacitista. Era un gemido de placer. Porque los cuerpos crip también gozamos y hacemos gozar sin más pretensiones. Y eso es, por lo menos, el inicio de una revolución en un tiempo en el que llegaremos a hacer apología del distanciamiento social. Y sexual.

Esta traslación del discapacitado como ejemplo de superación que concita la comprensión y la piedad de la sociedad capacitista, más paciente que agente de la Historía, hacia  el sujeto crip que planteara el ensayista Robert McRuer en 2006, también parece haber alcanzado a la industria cinematográfica mainstream, y es este interesante movimiento el que me gustaría poner hoy de relieve. Para este recorrido partiré y me detendré en dos ya clásicos muy dispares del género: Forrest Gump, dirigida por el oscarizado Robert Zemeckis en 1994, apoyándose en la novela homónima de Winston Groom, y Joker, la magnífica recreación que el director Todd Phillips y el actor Joaquin Phoenix nos propusieron el pasado año del antagonista del superhéroe Batman que DC Cómics creara casi ocho décadas atrás.

Forrest Gump se inscribe en un relato nacionalista y belicista de la discapacidad, un relato de clara pretensión épica, en la que el discapacitado alcanza el estatus de ‘héroe de la comunidad’ gracias a su relación con personajes relevantes de la sociedad estadounidense y la demostración de su ‘utilidad’ para la sociedad capacitista. De esta manera, el desecho, el cuerpo subalterno, logra abandonar su posición subsidiaria y se integra plenamente en los conceptos de familia, comunidad, nación. Una propuesta complaciente y tranquilizadora para la sociedad heterocapacitista, sin lugar a dudas.

Más inquietante ha resultado, casi un cuarto de siglo después, Joker, porque pone a esa misma sociedad frente al espejo. El antihéroe de Batman que amenaza con sus bufonadas la simbólica comunidad de Gotham aparece reencarnado en un discapacitado psíquico que padece todas las violencias de la sociedad capitalista: el paro, la miseria, la burla, la agresión física, el ostracismo, pero que, sin embargo, se rebela, devuelve la bofetada a la sociedad que lo ignora o lo maltrata y no se conforma con el papel de víctima. Así logra producir otra forma de relato épico, que lo convierte en símbolo de una lucha de clases pero que el imaginario burgués habría transfigurado en amenaza social a través del cómic de entretenimiento. 

Otras producciones audiovisuales recientes carecen, sin duda, de la fuerza metafórica de Joker, pero aportan otras innovaciones en la representación de los cuerpos crip, como la autorreferencialidad y la desdramatización definitiva de la discapacidad. Es el caso de la serie Special, ficción autobiográfica protagonizada por Ryan O’Connell y producida por Jim Parsons, estrenada en abril del año pasado en la plataforma Netflix. Ryan, joven homosexual con una parálisis cerebral, coquetea con otros chicos, pierde la virginidad con un chapero, ojea pornografía, se inventa un accidente trágico para explicar de manera complaciente su discapacidad a la sociedad capacitasta e incrementar irónicamente el número de followers en la revista donde trabaja…. Special trasciende la recreación de lo patético, pero su protagonista tampoco se nos presenta ni como un ‘héroe de la superación personal’ ni como la encarnación de una amenaza desestabilizadora: Ryan solo es un chico que quiere ligar, tener un trabajo, una vida vivible. No participa en ninguna forma de epopeya.

Para finalizar este breve periplo fílmico, una combinación de una cierta épica con el elemento autorreferencial reaparece también en 2019 en la película documental Crip Camp, codirigida por Jim Lebrecht, nacido con espina bífida, que en el verano 1971 se apuntó a Camp Jened, un campamento para personas con discapacidad organizado por hippies, donde se narra la poco conocida historia de cómo se gestó el movimiento por los derechos de esta minoría en los Estados Unidos. Judy Heumann, una de los monitoras, presidiría posteriormente la organización política Discapacitados en Acción, arrastrando consigo a muchos de sus camaradas en un movimiento radical, de acción directa, que llegó a protagonizar sonoras protestas y ocupaciones de edificios oficiales contra las políticas de segregación educativa y en defensa de la accesibilidad de todos los espacios públicos. Que la película haya sido producida por Higher Ground Productions, la productora de los Obama, podría hacernos dudar de la radicalidad de sus propuestas. Sin embargo, el resultado final resulta convincente.

Solo unas pocas, pero significativas, muestras de que se avecina un tiempo nuevo de rehabilitación simbólica de los cuerpos subalternos.

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