Fernando López Rodríguez: “El flamenco tiene propuestas contra la masculinidad hegemónica”


Por Eduardo Nabal

Fernando López Rodríguez (Madrid, 1990) necesita ya pocas presentaciones. El bailaor, coreógrafo, filósofo y flamante académico de la Real Academia de la Danza no deja de ser noticia ni siquiera durante el confinamiento. Por ello nos habla de su último trabajo, Historia queer del flamenco (Egalés, 2020), destinado a convertirse en un estudio pionero de un ámbito inexplorado de la expresión de la sexualidad y el género.

EDUARDO NABAL.- En esta exhaustiva genealogía ¿tuviste siempre claro por dónde ibas a arrancar y dónde ibas a terminar tu recorrido?

FERNANDO LÓPEZ RODRÍGUEZ.- Mi punto de partida fue el estudio sobre los tablaos porque me parecían el lugar idóneo para investigar qué significa exactamente eso que llamamos baile “tradicional”, “puro” u “ortodoxo”. En el flamenco, como en tantos otros ámbitos, perdemos mucho tiempo en debates bizantinos, y creí urgente tratar de analizar en detalle a qué llamamos “tradición”, cómo, dónde y cuándo surgía… A partir de ahí, la investigación fue saltando, dando rodeos y giros inesperados hasta que entendí que tenía material suficiente para ofrecer una mirada alternativa a la Historia “oficial” del flamenco de arriba a abajo.

E.D.- Citas una serie de bailaores y bailaoras que empezaron a romper los códigos de género. Pero ¿crees que fue de forma voluntarista o más bien lúdica?

F.L.R.- Efectivamente muchas de las artistas de principios de siglo que cantaban letras con contenido explícitamente feminista no se consideraban a sí mismas como “feministas”, porque lo asociaban a un cierto tipo de activismo “violento”; del mismo modo, muchos de los transformistas y artistas “revolucionarios” de todas las épocas transgreden los códigos estéticos y sociales “porque así lo sienten o lo necesitan”, no de manera estratégica o como parte de un “plan de transformación social preestablecido”.

E.D.- El franquismo dio a conocer de cara al exterior un tipo de flamenco para atraer el turismo ¿qué más nos puedes contar de este curioso fenómeno?

F.L.R.- El flamenco empezó a interesar al régimen en la década de 1950, justamente en relación con la apertura del país al turismo internacional, y con una vinculación muy profunda con los tablaos. Sin embargo, antes de ese momento, el Franquismo había marginado al flamenco hasta el punto de ni siquiera nombrarlo como tal, utilizando eufemismos como “bailes andaluces” o “baile español” (en el NO-DO la primera aparición de la palabra “flamenco”, según indica Cruces Roldán, data de los años 1960…): en resumen, sólo viendo el rédito que el flamenco podía tener para la imagen de España de cara al exterior (que la dotaba de un cierto exotismo pasional) se interesó la Dictadura por el flamenco. 

El punto en común, tal vez, reside en el hecho de haber convertido al flamenco, de nuevo, en una hipótesis, en una pregunta, en un ámbito para la experimentación y la duda, no en una respuesta dogmática a otras nuestras inquietudes artísticas

E.N.- Durante mucho tiempo se ha visto el baile flamenco como un tipo de danza muy sexista ¿crees que fueron los prejuicios o que tuvo que haber cambios y una gran evolución?

F.L.R.- La Dictadura y especialmente el apoyo que ésta brindó al flamenco a partir de los años 1950 tuvo un precio: el flamenco de ésta y posteriores épocas no es el mismo que el que se practicaba antes de la Guerra Civil, época en la que este arte convivía y “se dejaba tocar” por otras músicas, otras danzas y otras formas artísticas… y en la que, además, las líneas de fuga en términos de género formaban parte de la experimentación habitual de los artistas. Al desaparecer todo esto, se produjo una cierta borradura de la capacidad transgresora que contenía y contiene el flamenco y se solidificó una imagen del mismo muy binaria en términos de género, que todavía hoy permanece.

E.N.- Al verte bailar queda claro lo que entiendes por ‘flamenco queer’. ¿Crees que ya hay un sendero abierto hacia la ruptura de esa masculinidad y feminidad tradicionales?

Lo bello y emocionante de la época actual es ver cómo en el flamenco están surgiendo una multiplicidad de proyectos estéticos (y políticos) que proponen maneras muy variadas de “atacar” la masculinidad hegemónica: hay muchos caminos diferentes y los artistas que los transitamos coincidimos en muchos aspectos y diferimos en otros. El punto en común, tal vez, reside en el hecho de haber convertido al flamenco, de nuevo, en una hipótesis, en una pregunta, en un ámbito para la experimentación y la duda, no en una respuesta dogmática a otras nuestras inquietudes artísticas. 

F.L.R.- Citas numerosos nombres, lugares, tablaos, teatros, ¿para tu carrera que ha sido lo más importante de todo ello?

Creo que en la carrera de un artista todo suma, si bien es cierto que tengo una especial inclinación por aquellos lugares en los que se me permite transmitir un mensaje que considero valioso y mostrar todas mis facetas: bailar, hablar, relacionarme ritualmente con los objetos, cantar… Allí donde esto se me permite, nado libremente y soy capaz de dar lo mejor de mí mismo: a veces ha ocurrido en teatros, a veces en la calle, a veces en salas underground… y a veces (aunque pocas) en tablaos.

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