‘Solo nos queda bailar’: homofobia y danza en la sociedad georgiana

Eduardo Nabal

Dura y sensible, rítmica y valiente, Solo nos queda bailar esta estructurada por el deseo de obtener éxito en la danza georgiana del joven Merab, que lleva ensayando desde que era niño al son de los tambores en la Compañía Nacional de Danza Georgiana. 

Atento a los detalles, el realizador Levan Akin parece seguir el ritmo de  las peripecias del muchacho que descubre un amor prohibido en su sociedad en otro integrante de la Compañía, el seductor y desenvuelto Irakli. Akin nos describe una sociedad empobrecida y atada a las tradiciones religiosas, así como la vitalidad juvenil del protagonista, que no se  deja vencer por la adversidad de las circunstancias. 

El profesor de su Compañía de baile trata de inculcarles una danza ‘hipermasculina’ y casi marcial, donde no tienen hueco el menor atisbo de feminidad y donde los chicos bailan con las chicas. Pero Merab irá descubriendo progresivamente la atracción física y el amor por Irakli, algo que deberán llevar en secreto. 

El filme está hecho de miradas significativas, hurga en los distintos espacios donde se desenvuelve nuestro protagonista, con sus dificultades económicas y su pasión enconada por la danza. Frente a él nos presenta a su desastroso hermano, que se acaba casando en una boda tradicional para guardar las costumbres del país, dejándonos un final abierto, ya que Irakli no parece dispuesto a seguirle en su andadura por la transgresión de las normas de género. 

Levan Akin nos describe con detalle la humildad de los hogares, el lugar ambivalente de los mayores y la andadura de un joven arrojado, que ha hecho del baile algo más que una válvula de escape. Sin grandes aspavientos pero marcando la dureza de la danza georgiana, la película acaba resultando lírica a pesar de los muchos contratiempos a los que se enfrenta Merab, casi un adolescente, que ayuda a sacar adelante a su familia sin abandonar su pasión por el baile. Sin grandes medios pero aprovechando al máximo el contraste entre interiores y exteriores, Akin se fija en el cuerpo de los dos bailarines enamorados que se aproximan lentamente y en una extraña clandestinidad, sin perder la fuerza. 

Crítica al tradicionalismo en algunos países del Este, la película es también una agradable mezcla de melodrama y comedia, donde afloran sin prisa pero sin pausa los sentimientos y las emociones de sus protagonistas.  Descripción de una sociedad conservadora donde la lucha por la supervivencia está al orden del día, Solo nos queda bailar es una arrojada denuncia de la homofobia en Georgia y una bella historia hecha de ritmo, pasión y coraje. Premiada en diferentes festivales europeos, nos encontramos ante una obra intensa y sin concesiones que nos acerca a uno de los muchos tabúes de la sociedad que retrata minuciosamente. 

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