‘La bastarda’: revisitando el temperamento lírico de Violette Leduc

Por Eduardo Nabal

Inmenso, estremecedor y cautivador, el libro de Violette Leduc es una gran obra maestra infravalorada de la literatura universal. Reeditado tras décadas por Capitan Swing, esta obra mayor, prologada por Simone de Beauvoir, nos arrastra con su verbo rico y brillante al periplo y el sufrimiento de una mujer en la Francia de la primera mitad del Siglo XX hasta los años 60, cuando obtuvo reconocimiento literario por figuras como Genet o la propia Beauvoir. 

La escritura de Leduc nos muestra a una joven sin pelos en la lengua, con un rico universo interior que se desparrama en sus hermosas y terribles frases, en sus mezcla de ironía y autobiografía sentimental. Desde su niñez a su juventud Leduc luchó por abrirse camino en un mundo masculinizante, lesbófobo, intolerante y marcado por el fantasma de la guerra y la pobreza. 

Alternando su vida en el campo con su estancia en París con diversos empleos que la llevaron a publicar sus primeros relatos, La bastarda también nos acerca sin tapujos a sus historias de amor, erotismo y desamor con otras mujeres en internados y escuelas de música. Un temprano y valeroso salto a la descripción sin medias tintas de la pasión entre mujeres y de la lucha interior por encontrar el amor y la dicha. 

Mezclando el presente y los recuerdos, Leduc, ninguneada por su madre, querida por su abuela, se adentra en la jungla parisina en busca de una oportunidad para el trabajo, pero también para las relaciones humanas. 

Sus descripciones son crudas, líricas, pasionales y nos arrastran a través de una personalidad rica y atormentada, dispuesta a no dejarse arrollar por su propia timidez e incapacidad para entablar fácilmente relaciones en una sociedad llena de hipocresía y pretenciosidad. Leduc se detiene en los elementos del paisaje que sacuden sus sentimientos y enriquecen una prosa sensible y enfurecida, poco vista antes en la literatura francesa.

Amiga del escritor Maurice Sachs, también entabla relaciones con mujeres y hombres que sostienen y hacen tambalear su a la vez frágil y endurecida existencia en diferentes lugares y escenarios sociales y humanos. Leduc lucha por ser sí misma, por su autenticidad, sus amigos y amantes a los que se une y de los que se separa en episodios marcados por la alegría y el dolor más profundo. 

Su completísimo vocabulario  y sus originales construcciones gramaticales nos dicen enseguida que estamos ante un libro innovador y valiente en la forma y en el fondo. Leduc habla ya en la época sin tapujos del sexo y de la condición femenina y también lucha por encontrar un empleo en un París que puede volverse sombrío o luminoso dependiendo de sus cambiantes estados de ánimo. 

A pesar de su inseguridad y de las ruidosas tormentas que sacuden la mente de esta peculiar aventurera, La bastarda es algo más que una autobiografía, es un poema en prosa sobre la dificultad de sobrevivir de la autora en la Francia de la época, desde su humilde origen hasta los nuevos círculos en los que empieza a moverse. 

Leduc demuestra ser un verdadero monstruo de la literatura y es difícil abandonar las páginas llenas de descripciones y emociones de La bastarda a pesar de la acritud de algunos de sus pasajes y del sufrimiento de la autora a lo largo de su complejo recorrido vital y psicológico. 

En esta obra mayor cita otras de sus novelas, donde también narra de forma explícita su amor por otras mujeres y su resistencia durante los duros años de la invasión alemana de Francia. Rico y sensual hasta la extenuación nos encontramos ante una obra mayor de la literatura del siglo pasado, unas memorias convertidas en arte de la palabra y en juego con el verbo y sus formas. 

Violette Leduc

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