‘Frankisstein’ o el posthumano Prometeo de Jeanette Winterson

Por Eduardo Nabal

Frankisstein, la última gran novela de Jeanette Winterson, es un brillante y complejo ejercicio de metaliteratura que engancha  al lector desde el comienzo en las redes de sus páginas. La autora empieza con la famosa reunión de talentos en ‘Villa Diodati’ donde Mary Shelley comenzó a idear su gran novela, adelantada a su tiempo : Frankestein o el moderno Prometeo

Pero enseguida pasamos a un futuro hipotético en el que unos personajes viven en un mundo hiperbólico, dominado por la informática y por el sueño inseguro de que los robots puedan llegar a sustituir a los seres humanos. Un futuro quizás no tan lejano en el que se atisba la dependencia de las nuevas tecnologías. 

La autora maneja con soltura la psicología de sus personajes y, a través de una narrativa ágil, nos traslada a través del tiempo para hacer un estudio no exento de emociones de la ‘vida artificial’ y los sueños de la razón que producen monstruos de muy diversa índole. 

De los poetas románticos del XVIII y una Inglaterra marcada por las revueltas sociales pasamos a una modernísima y algo prepotente empresa informática, donde un ingeniero aventajado, llamado Víctor, trata de devolver la vida a los cráneos humanos, utilizando los mismos restos de cadáveres que usó siglos atrás el doctor Frankestein. 

Winterson describe con humor, ironía y sensualidad ese mundo artificial donde casi todos se comunican en el espacio virtual y discuten en congresos y conferencias  sobre el futuro de sus experimentos con la más avanzada técnica, que ha llegado a producir un incierto futuro. 

Junto a Víctor y sus hallazgos, trabaja la joven Ry, un transexual masculino que sirve de hilo conductor, a través de las fluctuaciones de la acción, en un mundo de apariencia futurista pero donde no se han erradicado ni el sexismo, ni la transfobia, ni el racismo ni la pobreza. Todos, como a su modo y en su tiempo Mary Shelley, sueñan con crear sus propias criaturas dotadas de autonomía y sorprendentes cualidades que los rediman de una realidad prosaica y en ocasiones sórdida, así como de la amenaza de la desaparición y la muerte. 

Winterson maneja con inteligencia los tiempos de la escritura con papel y pluma de Shelley, superponiéndolos a una era lejana donde todo es cibernético y se investiga para mejorar en ese sentido las posibilidades de la vida artificial y sus ganancias. Pero la autora nos conduce por otros panoramas poco tranquilizadores del paisaje inglés de distintas épocas, como ese ominoso manicomio de ‘Bedlam’ donde los enfermos mentales eran maltratados y donde reaparece, por sorpresa, el mismo doctor Víctor Frankestein. 

En este juego de cajas chinas entre literatura y vida, la escritora se mueve con soltura, sin ningún tropiezo, a pesar de la variedad de escenarios y situaciones, reales y ficticias, en las que transcurre la acción, que no cesa de indagar en los sentimientos encontrados entre lo humano y lo artificial, la vida y la muerte . 

Frankisstein tiene todo el sello de su autora, con su mezcla de relato histórico, historias de amor  y ciencia-ficción, con su exposición valiente de los dilemas de género y con la aparición de personajes que hacen del libro un todo compacto. Es el caso de Ada Lovelace, hija de Lord Byron, que ideó con su telar el primer sistema cifrado de códigos binarios en los que se basó posteriormente la moderna informática. 

Con ese estilo elegante, sarcástico y mordaz que caracteriza sus mejores obras, Winterson es capaz de bucear tanto en las dolorosas emociones de Mary Shelley (ninguneada, al principio,  por sus contemporáneos) como en los vericuetos afectivos de Ry, ese transexual que intenta averiguar hacía donde quiere llegar su maestro y amante en sus ambiciosos experimentos con lo humano y la robótica. 

Alegato en favor de la disidencia y la creatividad, la última novela de Winterson es algo más que un experimento, es una lúdica, apasionada y sensible inmersión en las vidas de distintos personajes marcados por su cambiante circunstancia socio-histórica. Winterson, ya un icono de la literatura lésbica y queer, prosigue su periplo como escritora  al indagar en las entrañas,  las luces y las sombras  de esa Inglaterra que la vio nacer y crecer y donde luchó por abrirse camino, al igual que sus atribulados personajes. 

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