‘El cazador’, amores pendientes

Por Eduardo Nabal

Marco Berger parece dar un paso adelante en su ya prolija carrera en el cine argentino.  El director de Taekwondo ha realizado largos y cortos de temática gay y lésbica pero sin una definición argumental y con un claro acento en la mirada homoerótica sobre cuerpos masculinos deseables y narrativas marcadas por la presencia del deseo insatisfecho o no. En El cazador articula un relato de amor a tres bandas entre unos adolescentes que buscan reafirmar su sexualidad y su identidad en un entorno marcado por el disimulo y los temores. 

Nuevamente el realizador argentino se vale de largas miradas y prolongados silencios, diálogos anodinos y momentos en los que la trama avanza gracias al ingenio visual y a los movimientos de cámara más que al verdadero desarrollo argumental. El problema es que el guión de El cazador queda emborronado al tratar, sin claridad y de refilón, temas como la pedofilia en Internet y al adoptar un aire, algo borroso, de thriller emocional. 

El realizador de Ausente y Plan B abandona esa sempiterna homosexualidad reprimida y sublimada de casi todos sus anteriores trabajos para acercarnos con firmeza poco habitual al periplo de Ezequiel, un adolescente que pasa mucho tiempo sin su familia y busca desesperadamente el amor, la comprensión y la seguridad. 

Con menos desnudos y circunloquios que otros filmes de Berger, pero con relaciones amorosas claramente perfiladas, nos encontramos ante un largometraje bien rodado, exquisitamente fotografiado y que se ve con agrado, pero que deja demasiadas incógnitas en su trayecto de principio a fin, particularmente en su algo confusa y sensacionalista segunda parte.

 Mezclando la comedia romántica y el drama sobre el despertar adolescente, El cazador nuevamente nos sitúa en ambientes marcados por la presencia de la naturaleza, para contarnos el devenir de unos jóvenes de clase media argentina que apenas pueden comunicarse ni sincerarse con sus familias y que viven en un marco escolar en ocasiones hostil, en ocasiones hedonista y lúdico. 

Ezequiel (espléndido Juan Barberini) queda prendado de ‘El mono’, un apuesto skater con el que vive un intenso episodio erótico de varios días en casa de ambos. Pero se introduce la figura de Bruno, bastante mayor que ellos e interesado únicamente en rodar vídeos pornográficos para su venta. Entretanto Ezequiel conoce a otro adolescente algo perdido y en busca de auto-realización, lo que palia parcialmente la misteriosa ausencia y el silencio de su anterior amigo y amante. 

Creo que Berger ha conseguido contar una bella historia de iniciación, descubrimiento y amor, estropeada por una subtrama incómoda y que deja abierta como deja abierto el destino final de su joven protagonista. Nuevamente los cuerpos, las miradas, los deseos pueblan el universo audiovisual del realizador, siempre a punto de cautivarnos gracias a arrebatos de talento fílmico, pero sin saber elaborar del todo una historia sólida y sin atisbos gratuitos de morbo indefinido. 

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