El retorno de ‘la política sexual’ de Kate Millet

Por Eduardo Nabal

En su breve pero documentado estudio La política sexual en Kate Millet Silvia López nos pone frente a uno de los nombres más significativos y polémicos del feminismo estadounidense de los años 70. Década de lucha y controversia que se abre con la publicación de Política sexual, su estudio teórico más amplio, complejo y contundente, a partir del análisis de  la obra de algunos afamados literatos varones de su época y de tiempos pasados como D. H. Lawrence, Henry Miller o Norman Mailler, y de cómo éstos plasmaban las relaciones de dependencia y poder entre hombres y mujeres, bajo el seno de una estructura social  heteropatriarcal. 

Al llegar a Genet, Millet abre un rayo de esperanza al desencializar los géneros, entendiendo tanto lo femenino como lo masculino como constructos culturales, apuntalados por instituciones como el matrimonio o la familia tradicionales. 

Millet, luchadora incansable pero de temperamento inseguro, responsable e integrante de grupos de creación artística para mujeres desde muy joven, sufrió varias depresiones que la llevaron a conocer, muy de cerca, el internamiento en los centros psiquiátricos del periodo y la violencia que en estos se ejercía contra el cuerpo y la voluntad de las enfermas. 

Además de influyente ensayista, Millet se mostró como una narradora notable en libros como En pleno vuelo, Sita, novela intensa y desgarrada sobre el trágico destino de una de sus más íntimas y difíciles parejas femeninas, o ese inmenso palimpsesto autobiográfico sobre la alienación psiquiátrica llamado Memorias de un manicomio, recién traducidos, por fin, al castellano. 

La inseguridad y el miedo a la soledad o el desamor de la autora, tanto en sus relaciones con hombres como, sobre todo, con mujeres, se plasman en una necesidad, donde se mezcla la desesperación y la rabia, por poner por escrito sus experiencias psicológicas y corporales, marcadas por el ejercicio del totalitarismo de las instituciones mentales, a través del uso y el abuso de los psicofármacos. 

Millet no fue muy bien recibida por el feminismo institucional en EEUU- capitaneado por mujeres como Betty Friedman-  cuando, a pesar de su matrimonio, se definió públicamente como ‘lesbiana’ y llenó de connotaciones sociopolíticas ese término, llegando después a cuestionarlo y a poner en entredicho su cualidad de ‘etiqueta al uso’, abriéndose a una multiplicidad de vivencias, sutilezas y matices. 

Millet, supuso, en el feminismo de los setenta, la reivindicación de la sexualidad, la libertad personal y el erotismo como corrientes revolucionarias contra el ‘estatus quo’ que, todavía, permitía la división de los roles sociales propios de hombres y de  mujeres, aún relegadas a la esfera doméstica. 

La ya mítica autora se acercó también al pensamiento -teñido de soterrado masculinismo- de autores, por otro lado, interesantes y fructíferos como Engels, Freud, Ruskin o incluso Stuart Mill, llegando a cuestionar la propia historia de las luchas del feminismo anglosajón a principios del siglo XX, con la vista puesta en el sufragio femenino que, para ella, supuso un ‘parón’ en el devenir de  la lucha de las mujeres.

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