‘The strange one’, un clásico muy actual

Por Eduardo Nabal

The strange one, la primera de las dos películas que rodó Jack Garfein,  realizador de origen checoslovaco y sólida formación en el Broodway de los cuarenta y cincuenta, se presenta, hoy en día, como uno de los primeros filmes de Hollywood que abordaron, algo de refilón, la homosexualidad. 

El filme de Garfein, rodado en 1957, en un contrastado blanco y negro- obra del experimentado operador Burnnet Guffey- denota la sólida formación teatral de su autor, que deja evolucionar en el espacio a los actores, casi todos hombres formados en una absurda academia militar,destacando los interiores opresivos donde se desarrolla la tensa primera parte. 

En ella conocemos al Jocko de París (una verdadera performance interpretativa de Ben Gazzara), el cadete líder que manipula a sus subordinados y maltrata al hijo del coronel, haciendo que cuando este aparece herido grave todo parezca un accidente. 

Garfein, sobre todo, utiliza una visión caleidóscopica de las masculinidades en una institución tan férrea como un fuerte militar, donde unos jóvenes, además de a desfilar, disparar y formar, aprenden oscuras tretas, engaños y el encubrimiento pactado de un crimen para poder seguir entre los muros de unos lugares admirados en el imaginario estadounidense, pero que el realizador y su guionista, el progresista Calder Willngham (Senderos de gloria), autor además de la novela original, muestran como un pozo de engaños, totalitarismo y sordidez. 

En el filme destaca la actuación, casi exhibicionista, de un seductor y ominoso  Ben Gazzara, como el verdadero responsable del terrible destino de los novatos (entre los que se incluyen secundarios de cierto renombre como George Peppard) quienes, no obstante, en un tenso final, logran desquitarse de las garras sádicas e inhumanas de ese, a la vez seductor y temible, Jocko de París. 

Garfein no escatima el uso de las imágenes homoeróticas en un espacio a la vez represivo y homosocial, donde no faltan algunos secundarios algo tópicos pero, donde, sobre todo, se lanzan varias puyas ácidas contra el militarismo y la masculinidad ostentosa, jerárquica  y dominante. 

The strange one combina el drama psicológico, con algunos fragmentos de corte claramente teatral, con el cine de suspense y la descripción ambivalente y desencantada de una academia militar del sur, a la que pone música el habitual Kenyon Hopkins, autor de grandes y melancólicas partituras en la década de los cincuenta para realizadores como Elia Kazan o Fred Zinnemann. 

Garfein, autor solo de dos películas -en las que se mezcla el thriller psicológico con la crítica social de la época- desafió con The strange one, de forma prematura, uno de los últimos tabúes mantenidos por los códigos de censura al uso, lo que logró, junto con su visión sombría de la vida militar y el consiguiente disciplinamiento de cuerpos y mentes patrioteras, que la película fuera casi condenada al ostracismo en su momento.

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