‘Verano del 85’, la hermosa fábula de Ozon sobre la subjetividad y la metaficción

Por Eduardo Nabal

En su última película, presentada con éxito en el Festival de San Sebastián, y a punto de estrenarse entre nosotros, Ozon parece, solo en parte, querer volver a sus orígenes con la sencillez del amor gay y adolescente, que se truncado por la aparición de lo bizarro. Incluso entre las existencias de una tienda de ropa vemos pulular el ajustado ‘Vestido de verano’ con el que se cubría, a su regreso a casa, el protagonista de uno de sus primeros y subversivos cortometrajes. 

Pero el gran realizador francés ya no es el mismo y sabe articular una hermosa fábula sobre la subjetividad y la metaficción en la que David (Felix Lefebvre) se enamora locamente de un joven de carácter bien distinto al suyo, estableciéndose una relación de poder, intimismo y creciente dependencia que se verá truncada por el accidente en moto que acabará con la vida del impulsivo Alex (Benjamín Voisin), que había despertado los celos del protagonista cuando entabla una relación con una amiga común. 

Como en otros de sus filmes, están muy presentes escenarios como el mar, en este caso una luminosa costa normanda, la playa, los paseos a dúo y aunque el director parece, deliberadamente, utilizar la elipsis para reflejar su primer encuentro sexual, la sensualidad y una creciente dependencia se filtran por los poros de la piel de  ambos muchachos. 

David entra a trabajar en la tienda de modas de la madre de Alex (encarnada por la actriz y realizadora Valeria Bruni-Tedeshi) que, como otros personajes del filme, lo culparán, indirectamente, de la muerte de su enamorado tras un furibundo arranque de celos que los llevará a ambos a una huida desesperada por la carretera. Ozon logra momentos de gran intensidad y belleza plástica como esa música e imágenes de transición que acaban por enamorar locamente a David de su aparentemente amigo Alex o esa danza final, surreal y arrebatada, sobre su tumba, tras la que será llevado a los tribunales por la profanación de un cementerio judío. 

Como dice su amiga, Alex ha supuesto para el protagonista sobre todo la creación de un mito, al que amó pero a la vez idealizó hasta los extremos del desquiciamiento, que no son comprendidos por las familias de ambos ni por los profesores (uno de ellos encarnado por un irreconocible Melville Poupad) o asistentes sociales. Cuando David se decide, a modo de terapia íntima, a contar por escrito su historia junto a Alex, nos sumergimos en el terreno del ‘thriller psicológico’ y hacemos una inmersión en los laberintos de la mente confusa del protagonista, sin abandonar esa cálida fluidez y delicado humanismo que caracterizan a las imágenes de Verano del 85, otro de sus filmes sobre la pasión, la pérdida y el duelo, que, a pesar de sus notas de negrura y transgresión, concluye con un apacible final feliz mirando hacia el mar y el futuro.

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