Adiós a los vampiros. La reconstrucción sexual del espacio urbano

Por José García

A principios de la década de los noventa, en la entrega número 4 del fancine De un plumazo de La Radical Gai, el filósofo y activista Paco Vidarte, que manejaba el gesto paródico de la escritura mucho mejor que yo, nos ofrece un hilarante relato de cómo la mitología blanca heterosexual, inquieta ante nuestra inadvertida presencia, comenzó a escribir relatos y hacer películas de vampiros. Vidarte acomete esta narración a partir de la deconstrucción (entendida aquí de manera simple como desensamblaje de los usos metafóricos de las palabras a través de su historia viva) de las diferencias entre noche y día, luz y oscuridad, claridad y tinieblas, visible e invisible. Esta diferencia que nace de la constatación de un hecho cotidiano, nos dice Vidarte, fue revestida en esta mitología de connotaciones morales, valoraciones éticas y un carácter de verdad y falsedad que complicó tanto nuestra vida como la de los vampiros: “El ser, lo bueno, verdadero, puro, auténtico, amable, vino a confundirse y expresarse metafóricamente a través de todo el campo semántico de la luminosidad. Por el contrario, lo malo, lo ominoso, lo falso, lo inauténtico, lo temible, lo abominable, se vio relegado al ámbito de la negra oscuridad, de lo invisible, espectral, vale decir, lo inexistente”. Fue así como maricas y vampiros conseguimos un lugar sobre la Tierra.

¿Dónde está ahora ese no-lugar, ahora que la oscuridad y la noche han desaparecido de las relaciones sociales en el espacio urbano por mor de la epidemia de la Covid 19? Decía Albert Camus en La peste, una novela que a la vista de los acontecimientos actuales ha adquirido dimensiones proféticas, que el modo más cómodo de conocer una ciudad es averiguar cómo se trabaja en ella, cómo se ama y cómo se muere. Ello equivale a considerar la ciudad como un espacio encarnado, un concepto que tomaré del autor mejicano Sergio Salazar, quien, siguiendo a Judith Butler, entenderá el cuerpo como “el ente biológico y social que ocupa el espacio, media la percepción y el modo estratégico de estar en el mundo, es el lugar de la materialización de la experiencia humana”. ¿Y la de los vampiros? Yo creo que también.

Salazar, en el ensayo La ciudad y el género: la producción urbana del espacio heterosexual, publicado en julio de 2016 en bitácora arquitectura + número 33, despliega un esquema analítico muy interesante a partir de las aportaciones de Henri Lefebvre (The production of Space, 1974), que nos permite considerar la ciudad como práctica espacial, representación del espacio y espacio de representación. Con ello intenta analizar la manera en que la ciudad de Monterrey se ha ido construyendo urbanísticamente conforme al régimen atroz de la heterosexualidad y de su norma, si bien sus conclusiones son solo parcialmente trasladables a mi no-lugar, porque hacer una topografía del deseo en una pequeña ciudad de la Europa meridional requiere, obviamente, de un trazo cartográfico menos tortuoso que una de las urbes más populosas de Méjico.

La sexualización del espacio

Es así como hemos llegado hasta Cádiz y saco mi (in)existencia vampírica a pasear en un mediodía de domingo, durante el confinamiento perimetral, cuando el toque de queda y las nuevas regulaciones sobre el uso del espacio público han convertido en inaccesibles, por saturación, mis espacios habituales de (in)existencia. Me siento con Endika Erice en una terraza cualquiera de la avenida principal. La vida transcurre entonces lenta y parsimoniosa junto a un grupo de jubilados que toma café en la mesa de al lado. Pero llegan ellos: tres hombres maduros irrumpen dando voces que impiden el mantenimiento de cualquier conversación en el espacio acotado de la terraza, ocupan mediante la técnica del manspreading toda la superficie vivible en aquel enclave de la ciudad. Se insinúan a la joven camarera groseramente. Los jubilados se van. El espacio ya es suyo y despiden constantemente aerosoles con su vocerío y el humo del tabaco que atraviesa la pequeña terraza. Endika Erice les señala el cartel que prohíbe fumar. Los machos alfas se enervan: “¡Dónde va a llegar este país, te prohíben fumar en una terraza y dejan a los maricones que vayan por ahí dándose por el culo!”. Nosferatu siempre ataca por detrás.

No voy a contar cómo termina el episodio porque no merece la pena. Me quedo aquí, en el culo como lugar de la injuria (J. Sáez y S. Carrascosa, 2011). En otro garito, había oído poco antes del confinamiento perimetral a otro paisano que también se quejaba del Gobierno porque al fin y al cabo, “por donde más enfermedades entran es por el culo”. En los colegios, en los recreos acotados por cadenas para evitar el contacto de unas ‘burbujas’ de alumnos con otras, un niño queer es humillado por sus compañeros a través de la práctica cada vez más frecuente de la ‘bajada de pantalones’. La masculinidad ya aspira a expresar su derecho soberano de quitar la vida frente al deber femenino de darla y el culo emerge entonces como el catalizador de esas relaciones de género. La ley del padre es salvaguardada por el régimen asesino de los hermanos.

Señala Salazar en el referido ensayo que la práctica espacial a la que hace referencia Lefebvre representa la producción material de ese espacio, la manera en que se construye el espacio percibido que nos rodea, contiene y delimita. Y añado yo, en la práctica espacial impuesta por la crisis sanitaria, el culo, como simbolización injuriosa del cuerpo marica, ha quedado totalmente desacreditado y expulsado de la construcción del nuevo espacio encarnado. Forclusión de un deseo disidente. Cualquier aspiración de ocupar ese espacio por nuestra parte puede ser repelido con la violencia. 

Y me podrán decir ustedes que todo esto me pasa porque, siendo un vampiro, he tenido la osadía de ocupar la luz heterosexual de la urbe. Esto es algo particularmente traumático en una ciudad de pequeñas dimensiones como Cádiz. Aquí la existencia colectiva queer siempre ha estado circunscrita a la noche, a los garitos de luz macilenta donde maricas y otros animales mitológicos se reúnen en aquelarre, perturbando el sueño de la familia heterosexual.

Cádiz sin Orgullo

Me ocuparé ahora de la representación del espacio, el espacio concebido a través de las ideas y la abstracción. Podíamos entonces indagar la leyenda de Cádiz como Reino de Sarasa, la forma en que conceptualizaba la ciudad el periódico conservador El Nacional en 1898, tras el escándalo de las cartillas sanitarias distribuidas entre los ‘maricas de burdel’ por el gobernador civil, Pascual Ribot. Un episodio y su significación que conocimos a través de la investigación del historiador Francisco Vázquez ( Hispania Nova, Revista de Historia Contemporánea, núm. 15, 2017).  

Lo primero que he decir a este respecto es que, a pesar de la perdurabilidad histórica de esta representación icónica de la ciudad como capital de la homosexualidad y el afeminamiento, lo cierto  es que la realidad no hace ningún honor a su fama. Cádiz siempre se ha representado a sí misma como una ciudad bastante straight, aunque en los últimos años, con el ascenso de la izquierda al gobierno municipal, se ha suavizado esa autoproyección a través de la convocatoria Cádiz con Orgullo, que ha venido a reivindicar a través de diversas actividades y actos de indudable valor performativo el espacio de la ciudad como espacio habitable y habitado por la diversidad sexual y de género.

Uno de los más significativos de estos actos es el izado de la bandera arcoíris en el mayor mástil de la ciudad, en la Plaza de Sevilla, y en el balcón de la Casa Consistorial. La reacción no se ha hecho esperar. Al inicio de la desescalada del confinamiento domiciliario, el pasado verano, la organización ultraderechista Abogados Cristianos se querellaba contra el Ayuntamiento por izar la bandera arcoíris en su edificio principal y conseguía una orden judicial, como medida cautelar, para que se arriara. Forclusión del vínculo comunitario. El espacio urbano no puede dar cabida al modo de vida de los vampiros.

El cuerpo ausente

Para terminar, pondré el foco en los espacios de representación, los espacios vividos, los espacios de los usuarios y habitantes, donde los objetos, los símbolos, signos y la experiencia se cruzan, doblan y se viven, generando así nuevos códigos sociales, nuevas ciudades.

En los últimos años, con el cambio de gobernantes en la ciudad, se habían empezado a abrir los teatros, los centros culturales y las plazas públicas a la representación autoreferencial de las disidencias sexuales y de género. Ello ocurrió tras los últimos episodios de agresiones físicas homófobas en el espacio público, que fueron respondidas por las entidades ciudadanas y las instituciones locales con toda contundencia. Se elaboraron planes municipales para erradicar la lgtbiqfobia y proteger la diversidad afectivo-sexual y de género. La programación oficial de actos culturales empezó a incorporar expresiones y representaciones más o menos acertadas de la realidad lgtbiq. La televisión municipal dio  acceso a los portavoces de la comunidad y elaboró contenidos que empezaron a extraer a los vampiros locales del mundo de las tinieblas. 

La Covid 19 parece haber acabado con todo esto. Hasta el punto de encuentro en los bajos del paseo marítimo de La Victoria, donde el lumpen marica de la ciudad se citaba para sus encuentros sexuales con hombres casados, es hoy una cloaca ultravigilada por donde se desparrama la experiencia amorosa de quienes nunca existieron en el imaginario colectivo de la ciudad. Nuestra existencia espectral ha debido replegarse a los chats y aplicaciones de contactos, conformándose con tomar forma encarnada en un interfaz que permite un acceso directo al yo pero que deshace nuestro vínculo social como vampiros, retrayéndonos a la posición inicial de fantasmagoría del inconsciente blanco y heterosexual. 

¿Qué pasará cuando acabe la peste? ¿Cuando, como las ratas muertas que aparecen en Orán al comienzo de la novela de Camus, los espectros emerjamos por entre las cloacas para reivindicar nuestro derecho a ocupar el espacio público? ¿En qué lugar nos dejaran las nuevas regulaciones, que sin duda las habrá?

Yo vaticino una lucha sin cuartel por la apropiación y significación del espacio urbano, con una ultraderecha dispuesta a imponer en él sus convenciones, con una masculinidad tóxica proclive a apoderarse de él por la fuerza, con grupos familiaristas que nos acecharán en nombre de la defensa de los niños.

En ese punto no nos quedará más remedio que hablar desde nuestro no-lugar, que como todo el mundo sabe es el lugar de la utopía, para reclamar nuestro derecho a trabajar, amar y morir en la ciudad recién liberada de la peste y los pestíferos.

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