La nueva ‘Arcadia’ o la utopía sexual

Por Eduardo Nabal

La singular escritora francesa Emmanuelle Bayamack-Tamse se ha dado definitivamente a conocer gracias a la cantidad de premios y a la repercusión entre público y crítica de su última novela, una de las más singulares de la literatura europea de los últimos años. Arcadia tiene una protagonista femenina que nos conduce por los senderos, descritos con una prosa culta, amena y desbordante, de cuando, en su infancia, se muda con sus familiares a una suerte de comunidad libertaria, sobre todo en las cuestiones referidas a las sexualidades, el vegetarianismo y el alejamiento de las modernas cortapisas sobre la obligatoriedad de la “normalidad”. 

Esta joven novelista, miembro y cofundadora de la asociación ‘Distintos y parecidos’, vuelca un vocabulario exquisito sin abandonar una orgiástica y desprejuiciada comunión con la sexualidad, la naturaleza y la aceptación de la diversidad entre personas de diferentes edades, características físicas y esperanzas vitales. La protagonista se siente algo aislada en este paradisíaco y sensual oasis del placer de los sentidos cuando descubre su transición de lo femenino a lo masculino, que ella siempre considerará incompleta, incluso junto a su futura pareja lesbiana. 

Arcadia tiene algo de utopía y algo de sabor amargo en su parte final, cuando los miembros de ‘Liberty House’ rechazan la intrusión de inmigrantes de otros lugares, provocando la indignación y la huida de la joven Farah y su amigo Daniel, obsesionado con el fantasma de George Michael. Una novela de una riqueza insondable, donde se funde la considerada “alta cultura” con la sabiduría y el habla popular, los gestos mundanos y los avances de la moda. Ese rechazó a unos seres que, como ella, viven en tránsito y vienen de lugares asolados por las guerras y el hambre provocará una profunda herida y un extraño desencanto en esa muchacha que ha conocido el sexo en todas sus variantes y que ahora ve su cuerpo como un campo de batalla con el que acabará reconciliándose. 

La intrusión- con motivo de la denuncia del hijo de una de las mujeres fallecidas en el lugar- de las autoridades francesas escandalizarán a la opinión pública, resucitarán el consabido fantasma de la pederastia y conseguirán, finalmente, el “suicidio colectivo” de los miembros de un paisaje al que Farah vuelve a defender contra las agresiones de las hipócritas autoridades de la moral y el género. 

Arcadia mezcla la magia, el erotismo, la sátira y la crueldad, haciendo uso de descripciones precisas de personajes desconcertantes y desconcertados que van desde la anciana cocinera hasta el promiscuo jefe de la comunidad, Arcady, que ayudará a la joven Farah en su iniciación sexual tras descubrir su peculiaridad anatómica, presentado como un hombre poco habitual, de insaciable apetito carnal y gran sabiduría sobre el pasado del lugar sobre el que se ha edificado ese nuevo remanso de paz, que ha dejado de ser un antiguo convento para convertirse en una comunidad que tiene algo de naturista y algo de rompedora, por su extraña convivencia entre especies animales, edades, sexos y caracteres. 

Con una falsa ingenuidad, una prosa exquisita, fluida y una sensualidad desbordada, Emmanuelle Bayamack-Tamse se erige en defensora de utopías por la libertad y la solidaridad en tiempos adversos, retrata las diferencias entre las viejas y las nuevas generaciones y traza un lúcido y, a ratos alucinado, continuum entre los géneros y los sexos, las edades y los comportamientos, que nos llevan a un terreno a la vez herético y esperanzador.

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