Antígona en el Antropoceno. La política de las vidas llorables

Por José García

Antígona:

Y mi destino quedará sin llorar, sin un amigo que gima

Creonte:

Ella será así privada de vivir entre los vivos

Antígona,  Sófocles
(441 a. C.)

Los sonidos que emitimos resultan cruciales a la hora de establecer la presencia de quienes no acostumbran a ser escuchados. De ello nos advierte Judith Butler en una de las conferencias compiladas bajo el título Sin miedo (20020):del potencial político del sonido. La filósofa norteamericana se preocupa en ese texto del ruido de la risa para hacer patentes inadvertidas presencias en el espacio público. Pero Antígona demanda otro tipo de ruido, que es el del llanto, el del derecho al duelo, otra forma de protesta en esta era glacial donde el ‘hombre vitruvio’, paradigma del humanismo ilustrado, ha exterminado toda posibilidad de habitar otros cuerpos, de encarnar otras vidas, de poder compartir el planeta con otras especies. En las necropolíticas de este capitalismo sindémico, el racismo, la lgtbiqfobia o la zoonosis son ejes que se entrelazan en una coalición genocida, que empieza por la negación del derecho a llorar y honrar a nuestros muertos.

Antígona es esa mujer sola que se revela contra la ley del déspota Creonte y afirma su derecho a velar y dar sepultura al cuerpo de su hermano Polinices, acusado de “arrasar, de arriba a abajo, la tierra patria y los dioses de la raza”. Y con ello acepta un destino que tendrá un final catártico para aquella comunidad dominada por la tiranía del hombre, donde se despliega una política de Thanatos que se ejerce, sobre todo, a través de la negación del derecho al duelo: “Mi vida se acabó hace tiempo, por salir en ayuda de los muertos”.

Por eso, igual que hay ocasiones para celebrar el orgullo de existir, debería haber otras (llámeselas ocasión o pretexto) para llorar a quienes perdimos y clamar nuestro derecho a lamentar la pérdida de nuestros desparecidos: la del joven trans Tehuel en Argentina, la de Alireza Fazeli Monfared decapitado en Irán por su propia familia, la de nuestro compañero Jesús Oliva muerto en su habitación alquilada del centro de Cádiz en medio de un insoportable aislamiento a consecuencia de la Covid. El derecho al llanto que reivindicamos no entra a diferenciar la ‘calidad’ de esas vidas ni busca atenuantes al dolor en el detonante final de la muerte. Lo contrario, sería alinearse con la ley de Creonte: “¿Cómo iban a enterrarle, especialmente honrándole como benefactor, a él, que vino a quemar las columnatas de sus templos, con las ofrendas de los fieles, a arruinar la tierra y las leyes a ellos confiadas? ¿Cuándo viste que los dioses honraran a los malvados?”.

Porque este es el envés de la nueva necropolítica. No solo establecer un preciso sistema de administración, dosificación y asignación de la muerte, sino también negar la posibilidad del duelo, o modularlo a niveles ínfimos de audición, como Creonte se burla de la empresa de Antígona:  “¡Valiente obra, honrar a los transgresores del orden!“. De ahí la necesidad de hacer ruido de nuestra pérdida. Como explica Butler, “esa voz que se mueve entre el ruido y el lenguaje hace patente la inaceptable condición de exclusión que se da a un nivel corporal. Sufre y da a conocer su sufrimiento, exige un fin a ese sufrimiento y un proceso de reparación. Se niega a aceptar esa corporeidad que engendra la injusticia: cuerpos que viven en los límites de sus sonidos, cuerpos que bregan con un dolor irresoluble y fervor político”.

Y en esta nueva tanatocracia, los nuestros desaparecidos también resultan ser las fuerzas vivas del planeta. Como explica Rosi Braidotti, en su obra fundamental, Lo Posthumano (2015), “las fuerzas geopolíticas son, al mismo tiempo, renaturalizadas y sometidas a viejas relaciones jerárquicas de poder determinadas por la voluntad dominante del sujeto antropomorfo. El discurso público se ha convertido, a la vez, en moralista, respecto de las fuerzas inhumanas del medio ambiente, e hipócrita, al perpetuar la arrogancia antropocéntrica”. Así lo expresa el coro de la tragedia de Sófocles: “”¡El hombre (…) el que fatiga la sublimísima divina tierra, inconsumible, inagotable, con el ir y venir del arado, año tras año, recorriéndola con sus mulas. Con sus trampas captura a la tribu de los pájaros incapaces de pensar y al pueblo de los animales salvajes y a los peces que viven en el mar, en las mallas de su trenzadas redes, el ingenioso hombre que con su ingenio domina al salvaje animal montaraz…”.

Por eso necesitamos que Antígona nos siga indicando los sonidos del duelo.

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