Wonder Woman en la genealogía del feminismo

Por Eduardo Nabal

Tal vez hoy la figura del cómic Wonder Woman tenga una relevancia más bien limitada y ambivalente en la historia del movimiento y el pensamiento feminista, pero el filme de Angela Robinson, Wonder Woman y el profesor Marston, es, ante todo, una reivindicación, trazada con inusitado buen gusto formal, de la libertad de expresión en entornos, tan hipócritas y tramposos, en ocasiones, como el mundo académico estadounidense y la turbulenta década de los cuarenta, cuando esa amazona dominatriz y sensual compite con otros héroes violentos como Superman, Conan o Batman. 

El filme nos acerca al azaroso origen del célebre tebeo que levantó no poca controversia, antes incluso de ver la luz, cuando el profesor Marston (esforzado pero algo hierático Luke Evans) y su mujer ( la siempre excelente Rebeca Hall en su celosa ambigüedad y mezcla de empuje y temores inciertos) se dedicaron a estudiar el comportamiento sexual de sus alumnos y alumnas, con ayuda de la aventajada Olive (Bella Heathcole), con la que acaban formando un singular triángulo amoroso unido por elementos como el detector de mentiras, las aventuras de las heroínas de papel y lápiz y la herencia de las mujeres que lucharon por el sufragio femenino en décadas anteriores. 

Con una cuidada recreación de la época, una viva gama cromática, una elegante banda sonora y rehuyendo el mal gusto -a pesar de que la violencia y el sexo atraviesan de forma continuada la trama del relato-, nos encontramos con algo más que una biografía: una historia de encuentros, desencuentros y búsqueda imposible de verdades absolutas. En el filme, Marston, profesor de psicología, es continuamente citado por una comisión de investigación universitaria que ve en la representación gráfica de sus aguerridas y semidesnudas amazonas una peligrosa amenaza para los valores de los estudiantes del campus. 

Marston, su esposa y la joven Olive, formaran un triángulo poco convencional y acabarán apartados de esa institución académica a la que han desafiado al unir sus investigaciones y sus experimentos lúdicos con su vida privada, rechazar los convencionalismos de la época y abrazar cuestiones como el lesbianismo, el fetichismo, las relaciones abiertas y la posibilidad de las mujeres de ser creadoras de sus propios universos, aunque, en esta ocasión, la creación de la poderosa heroína se sigue atribuyendo al profesor, que murió tempranamente de cáncer. 

Su mujer, Elizabeth, (la siempre intensa y enérgica Rebeca Hall) tiene continuos ataques de celos; en algunos aspectos, desea esa vida conyugal que dice rechazar abiertamente, aunque terminó sus años en compañía de Olive y del fantasma de una heroína de cómic reivindicada posteriormente por Gloria Steinem como símbolo pionero en la lucha feminista. 

Los tres personajes principales no temen a la aventura, ni la propia, ni la de su icono femenino y se apartan con verdadera fruición de los convencionalismos de la vida académica de su tiempo, con sus fraternities, su encendido patriotismo, sus noviazgos al uso y sus aburridas clases. Cuando los hijos de esas dos mujeres que viven con Marston sufren en sus propias carnes el oprobio social, se produce un nuevo desagarro en la relación, y el filme, hasta entonces dinámico y entonado, parece sumirse y, a su manera, deshacerse en una honda melancolía que concluye con el ingreso del profesor Marston en un hospital. 

Hay momentos algo convencionales frente a otros que unen la sensualidad con una rara belleza visual, como el primer triángulo erótico formado por los personajes, donde los colores cobran una importancia decisiva, o esa permanente tensión, siempre a punto de salir a flote, entre los verdaderos propósitos de unos y de otras. 

Iluminado con matices por Bryce Fortner y con una aplicada dirección artística, el filme oscila entre la comedia mordaz y el melodrama romántico con clarísimos y punzantes apuntes acerca de la sociedad de su tiempo. La realizadora ha conseguido dedicar un sólido homenaje -tan cálido como turbador- a un personaje que, le demos la importancia o el valor que le demos, tuvo su relevancia histórica en la Norteamérica de los cuarenta y en las vidas de unos personajes singulares, enfrentados con el mundo y entre sí, entre el amor, la rivalidad, el rencor y la reconciliación.

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