Hilas, el erómeno de Hércules. Un mito viene a visitarme

Fotografía: Oliva Jesús

Por José García

Tengo una predisposición casi connatural a buscarme un significado en los mitos. No me refiero a la tematización de una mitología constitutiva y sin salida. Sino a la semiótica de los mitos de hoy, a la indagación mitográfica de la tradición arcaica en un intento de trazar la genealogía de uno mismo. No es nada original, lo sé. Antes que la teoría literaria, la medicina, el psicoanálisis, ya han  echado mano de nuestro acervo mitológico para explicar sus diagnósticos y postulados.  Porque, ciertamente, todo impulso heurístico demanda una reflexión sobre la tradición (filosófica, literaria, mitológica, jurídica…) que conforma nuestros prejuicios y nuestras categorías de pensamiento.

En estas tribulaciones me hallo esta mañana de febrero tras topar con el mito del joven Hilas de Argos, el amante de Hércules, quien abandonará a su erastés, expresión semidivina de una virilidad violenta, iracunda y conquistadora, y a toda la expedición de los argonautas, para irse a mariconear con las ninfas del bosque. Me he tropezado con él mientras hojeaba una pequeña guía mitológica de Cádiz que compré en la feria del libro del instituto de Secundaria donde trabajo. Un manual de fundamentos carpetovetónicos, compendio de anécdotas milagreras para explicar a los turistas durante las visitas guiadas por la ciudad. Sin embargo, en el capítulo dedicado a la fundación mitológica de Gadir (es bien sabido por la Historia que la urbe fue en realidad fundada por los fenicios algunos siglos antes y no por el dios romano que sostiene las dos columnas, a modo de símbolos fálicos de su fuerza, en el escudo de la ciudad), en este capítulo, como digo, he descubierto a Hilas de Argos, príncipe de los dríopes.

He intentado saber más de él sumergiéndome en los pocos volúmenes de Plutarco de que dispongo en mi pequeña biblioteca doméstica, porque internet apenas me lleva más allá de una escueta anotación de Wikipedia que no me descubre nada nuevo sobre el mito. Pero ni Plutarco ni la red logran saciar mi curiosidad; y eso es un mal síntoma. Acrecienta mi impaciencia por descifrar la posición simbólica de Hilas en una cartografía de las identidades sexuales contrahegemónicas del Cádiz de hoy. Estoy en el punto de sucumbir a la ofuscación. Me preparo un nuevo descafeinado y lío un poco de hierba para fumar. Nada. Las musas siguen de vacaciones, como en aquella vieja canción de Serrat. Y ahora…. Llaman al telefonillo.

  • ¿José García?
  • Sí, soy yo… y usted.
  • Habíamos quedado en vernos hoy, ¿recuerda? Para lo del artículo.
  • Ah, sí, para lo del artículo… 

Sigo pensando en Hilas de Argos. No sé a qué artículo se refiere ni quién es este tipo. Pero le abro la puerta por ese sentido mío de la hospitalidad que casi nunca me cuestiono. Acoger a un desconocido en mi casa casi siempre me permite verla con ojos nuevos, con sus ojos, y entonces ya no es mi casa de siempre, con su eterna y monótona ordenación de los objetos en el espacio. Es otra, otra que no había descubierto todavía.

  • Ah, discúlpame. Veo que estabas trabajando -nada más abrirle el portón ya me tutea, al tiempo que avizora los volúmenes de Plutarco y la susodicha guía mitológica de Cádiz esparcidos sin ton ni son por sillas y alfombras.

¿Estoy trabajando? Yo solo divagaba mientras me fumaba un peta.

  • ¿Por qué lo dice? – le contesto en actitud inexplicablemente defensiva.
  • Bueno, estás escribiendo, ¿no… ?. Tu ordenador está encendido y hay libros con anotaciones por todas partes.
  • No, yo…. Estaba… A propósito ¿cómo se llama, no le recuerdo?
  • No te lo he dicho. Soy el que venía por lo del artículo.

Sus modales me parecen intrusivos. No sé por qué viviré en un bajo, que es casi habitar a las puertas del caos, que es lo mismo que decir la calle. Todo el mundo llama a tu puerta: el que va a dejar publicidad en los buzones, el que necesita hacer un entrega de un paquete para la vecina, el que busca otra vivienda protegida en el edificio… ¡Y el del artículo! ¿Qué hace? El intruso ha levantado una nota que extraje de un viejo y descolorido monográfico de Anthropos sobre Derrida y se pone a leer en voz alta:

“La Ley siempre permanece inaccesible y si por una parte, prohíbe, atranca la puerta del tiempo, de su genealogía, por otra, mantiene vivo el deseo de origen, de conocer el sitio, el lugar donde nace la prohibición, la Institución. En definitiva ‘ley como prohibición’. La realidad como normatividad. El nomadismo como posibilidad imposible”.

Pero, ¿cómo puede permitirse semejante insolencia? Urgar de esa manera entre mis notas, epítome de mi memoria fragmentaria.

  • ¡Le repito que no estaba escribiendo! – es lo único que consigo espetar.  
  • ¿Me das una calada? -me dice mientras me desprende el cigarrillo de entre los dedos.

Su imperturbabilidad ante mis accesos de ira me dejan desarmado. Me desplomo sobre el sofá mientras doblo la cabeza para fijar la mirada en el texto sobre Hilas de Argos que me traía entre manos.

  • ¿Lo ves? Estabas escribiendo, ¿por qué no lo admites? – insiste el visitante.
  • Porque es falso que Hilas de Argos abandonara a Hércules para irse a mariposear con las ninfas. Estas lo raptaron obnubiladas por su belleza. Y cuando el hijo bastardo de Zeus fue en su rescate para que volviera a sus brazos y a sus guerras, la más astuta de las ninfas lo había enamorado con un conjuro que ríete tú de las terapias de conversión. Punto. A partir de ahí se pierde el rastro de Hilas, que es lo que suele pasar cuando te devuelven al armario -le replico sin darme tiempo a tomar aire entre los enunciados.

El desconocido suelta una carcajada. Luego toma otro libro sin pedir permiso, en este caso de pequeñas litografías de pinturas decimonónicas. Se detiene en una página que no había llamado mi atención antes. Es la reproducción de El rapto de Hilas, de John W. Waterhouse.

  • La crítica derridiana de la metáfora filosófica, como paradigma de toda mitología blanca, aunque discursivamente se ejerza oponiendo la ‘profundidad’ semántica de la metáfora a la combinación posicional de la metonimia, se efectúa prácticamente en y por un texto elíptico. La deconstrucción de la metáfora remite así a la práctica elíptica: la metáfora asegura lo continuo, la elipsis lo fractura – me suelta de golpe el desconocido.
  • ¿Cómo? -me está empezando a doler la cabeza, pero sus disertaciones me arrastran cada vez más hacia su orilla.
  • Hilas desapareció tras el episodio del rapto, según asegura Apolonio de Rodas. Pero esto no es una práctica de encierro, sino una elipsis absolutamente deliberada. Una estratagema que desestabiliza la fuerza constitutiva de la metáfora del secuestro. Porque la metáfora reasegura la identidad, pero la elipsis la disemina.

Le arranco de las manos la litografía de Waterhouse. La observo, como intentando distinguir, con gran convicción, lo metafórico de lo elidido en el cuadro.

  • Efectivamente, Hilas rompió el vínculo homosocial que le unía a Hércules y los argonautas. La atávica masculinidad del semidiós le atraía sobremanera, desde luego. Pero también le daba miedo, remembranza de una hostilidad milenaria, de un mundo viril conformado para el caudillaje y el asedio. Para la colonización de cualquier otra posibilidad de ser sujeto. Para la institución de la Ley en todas las ciudades que fundó, como Cádiz. Por eso Hilas nunca llegó aquí. Prefirió desdibujarse, diseminarse, en una existencia espectral sin lugar ni tiempo definidos.
  • La voz de la institución, la ley, prohíbe la dimensión plural y diferida de la otredad – le contesté como si me hubiera hecho entrar por el hueco de la elipsis.
  • Exacto, veo que lo has entendido. Hilas pudo o no acostarse con las ninfas, pero lo importante es que logró huir del código masculinista de los argonautas. Y el rapto no fue rapto sino pretexto para encontrar la libertad…

El desconocido se enrosca una bufanda al cuello y se dirige hacia la puerta de salida. Cuando agarra el pomo para abrirla, lo detengo:

  • Espera, no te vayas todavía. Ni siquiera nos hemos presentado, ni me has dicho por qué artículo venías.
  • Yo soy el personaje de tu artículo.

Cierra el portón que da a la calle y desaparece en medio del caos. Miro el ordenador, miro a los libros de Plutarco, la colección de litografías, mi casa como la había visto siempre. ¿Qué hora es? La hierba ha debido dejarme dormido.

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