‘A pleno sol’: No subas a bordo con mis zapatos

Por Eduardo Nabal

Me resisto a una comparación entre la singular obra maestra de Rene Clement A pleno sol (1959) y la muy posterior adaptación de Minguella (1999) del mismo libro: El talento de Mr. Ripley, de esa autora todavía no lo suficientemente valorada como Patricia Highsmith. Gracias a la espléndida adaptación que hizo Hitchcock de Extraños en un tren (1951) y a este filme de Rene Clement (el mejor de su obra, con el permiso de la antibelicista Juegos prohibidos) la autora de Carol (firmada con seudónimo en su época y ahora filmada por Todd Haynes) alcanzó cierto prestigio.

A pesar de las lógicas coincidencias argumentales, estamos en dos épocas y dos modelos industriales distintos, que dieron lugar a un filme conciso, cautivador y brillante como A pleno sol y a un ambicioso, hermoso pero desigual como The talented Mr Ripley, rodado por el australiano Anthonny Minguella, que no solo no oculta el aspecto homosocial de la novela de Highsmith, sino que lo refuerza y lleva a un punto de ebullición.

A pleno sol, gracias a su concisión y economía narrativas, rodada en 1960, se vale de la belleza felina de un joven Alain Deloin en una historia de suspense, ironía y suplantación de identidades. Se nota la colaboración de Paul Gégauff en la astuta y medida construcción del relato, y en la cuidada caracterización de los personajes a partir de pequeños detallles. Una espléndida fotografía en color del operador entonces en alza Henri Decae y una evocadora banda sonora de Nino Rota, mezclando el suspense y el lirismo, hacen del filme uno de los mejores o, al menos, más sólidos del cine francés del periodo, dosificando los giros de la historia y empleando los paisajes naturales, como ese mercado de pescado que visita Ripley (Delon) o esas procesiones de la Italia profunda.

Estamos ante la historia de un joven dispuesto a asesinar y suplantar a un “amigo” que, en el fondo, lo desprecia por su origen social y que, desde su personalidad voluble y hedonista, tampoco trata con demasiado afecto a su prometida Marge (Marie Laforet, tal vez la menos inspirada del reparto). Philippe (interpretado con convicción por Maurice Renat) pierde la vida en uno de los enfrentamientos en alta mar con ese joven que dice ser un enviado de su padre para hacerlo volver desde un pueblo italiano a EEUU.

Estupendo el empleo de los paisajes, la precision de los movimientos de cámara y el uso de elementos como los espejos, el reencuadre o los primerísimos planos. La vida de Tom empieza a ser ahora una vida distinta, pero los fantasmas del pasado, de una vida que no es suya, acabaran arruinando sus planes en un final astuto, cruel y, nuevamente, elíptico.

La capacidad del actor para convertirse en personaje y fundirse con los objetos, imitar las voces y dar sentido a un simple juego de miradas, da una gran fuerza dramática a un filme de suspense donde se funde el humor cínico y el drama desgarrado. Destaca la contencion del protagonista, algo que Delon solo conseguiría también de la mano de otro maestro de la geometría del suspense, como Jean Pierre-Melville.

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