‘Great Freedom’, homofobia y encuentros carcelarios en la Alemania de la posguerra

Una secuencia de ‘Great Freedom’ (2021)

Por Eduardo Nabal

La segunda película del realizador austriaco Sebastian Meise se erige, además de como un excelente trabajo de puesta en imágenes y despliegue de recursos actorales, en un testimonio necesario en estos tiempos de involucionismo y desmemoria histórica.

Great Freedom (2021) nos narra tres momentos de la vida y la historia, en los que el joven Hans (un excepcional, a la vez comedido y pasional trabajo de Franz Rogowski) es encerrado por la justicia de la República Federal Alemana en prisión, por el mantenimiento hasta 1969 del trístemente célebre ‘Parágrafo 175’, que permitía encarcelar a las gentes “sorprendidas” en “actos homosexuales”. Una legilslación bochornosa que también condujo a miles de personas LGTBIQ al exterminio en los campos de concentración y que, como la llamada Ley de Peligrosidad Social por estos lares, tardó tiempo en “abolirse” completamente.

Estamos ante un filme construido de forma elegante, a la vez tenue y ágil, poético pero de un insusitado dinamismo y extraña melancolía, denunciando la hipocresía social; y no solo hacía la gente LGTBIQ, sino también hacia toxicómanos como ese Viktor (Greog Friederich) del que el protagonista acaba visceralmente enamorado, incapaz de olvidarlo cuando deja atrás los muros de la cárcel.

El actor y bailarín aleman Franz Rogowski ejecuta una perfecta coreografía interpretativa tras su aparente desparpajo, cosiendo con solvencia paños de todos los colores en los talleres mientras no quita ojo al resto de los hombres, deshaciéndose en el momento del suicidio de su primer amor en la cárcel, enfrentándose a los cárceleros en su empeño por hacerle la existencia imposible, haciendo de los lugares mas insospechados lugares de encuentro sexual, hasta esa expresión neutra en el inolvidable plano final de un trabajo más complejo de lo que parece, con varios saltos cronológicos y experimentos formales.

La película se fragmenta en tres distintos encuentros de Hans con tres clases de hombres bien distintos: un joven profesor de violín, un chico del que acaba locamente enamorado y que se arroja desde el techo de la cárcel y ese hombre “que nunca mató a nadie hasta que acabó la guerra” y que ahora es un heroinómano que se cierra las salidas.

Algunos momentos de la película nos hacen dudar, intuir lo previsible, temer ciertos clichés, pero el realizador sabe “jugar sus cartas” a la perfección para que su drama ¿romántico? se erija en uno de los filmes recientes más potentes contra el heterosexismo regulado, la uniformización y contra las instituciones de control en manos de gente impía.

Hans es un gay promiscuo, cazado varias veces por las ‘fuerzas del orden’ del momento en el mismo parque público y que ama de formas distintas hasta un final demoledor, de un romanticismo visceral y que noquea al público.

Great freedom no sólo contiene bellas imágenes de un homoerotismo singular, sino que también logra introducirnos en la visceral forma de sentir y de ver el mundo de una persona encerrada por una ley caduca, heredada de los tiempos del nazismo, capaz de apreciar el transcurso de la historia hasta desde la celda de aislamiento.

El filme es un firme, cuidado y, a ratos, tristísimo, alegato contra la ignorancia y la intolerancia instaladas en las médulas y los cimientos de sistemas que dicen reciclarse pero en los que el huevo de la serpiente no se cerró del todo. Mezclando el lirismo, con una espléndida fotografía de Crysten Fournier –que filma con destreza tanto la belleza como la sordidez, la ternura y la violencia- estamos ante una película que va a dar mucho que hablar, porque además de un alegato contra la LGTBiQfobia instalada en nuestras sociedades, es un canto de justicia y libertad más allá de las normas escritas y dictadas o heredadas por los descendientes de los tiranos.

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