‘Transfeminismos y políticas postmortem’: la diatriba de Sayak Valencia contra la necropolítica

La filósofa mejicana Sayak Valencia.

Por Juan Argelina

Dice Sayak Valencia en su conversación con Sonia Herrera, publicada en su nuevo libro, Transfeminismo y políticas postmortem, que escribió su otro libro Capitalismo gore (2010) desde la angustia y la desobediencia en un ambiente de feminicidio salvaje, que, según la Secretaría de Gobernación mexicana en su informe de 2017, produjo un total de 53.000 mujeres asesinadas entre 1985 y 2016. Era pues urgente encontrar una nueva “gramática de la disidencia”, como apuntaba Ángela Davis, “poner nombre a lo indecible”, y unir en un mismo marco teórico las luchas transfeministas, antirracistas, anticapacitistas, antihomofóbicas, y de todos aquellos “cuerpos desechables” del nuevo precariado, situados en los márgenes por la “justicia” de la globalización, a fin de desmontar el discurso de la “necropolítica” del actual capitalismo neocolonial, porque las fronteras de la vulnerabilidad, del mestizaje, de los procesos de tránsito, de la raza, del género y de la migración, se hallan en la puerta de nuestras casas, y es necesario tomar conciencia de nuestra propia posición en cuanto a qué lado estamos. 

En este sentido, la primera denuncia se halla en el daño causado por la división creada a partir del concepto de “identidad”, que Sayak ha sustituido por el de “devenir minoritario”, tomado del último gran ejercicio de insurrección teórico-política de Deleuze y Guattari, Mil Mesetas, capitalismo y esquizofrenia (1980). Frente al feminismo esencialista y un movimiento LGTBIQ institucionalizado, cuyo lenguaje aparece ya “estandarizado” y tiende a una “crítica ortopédica” que desactiva la acción política y se introduce de lleno en los circuitos del mercado, dejando fuera a todos aquellos que no entran en el canon “mayoritario”, el transfeminismo, que Sonia Herrera desarrolla en la primera parte del libro, quiere combatir la heteronorma que rige nuestro sistema de forma interseccional, ya que es el origen de la desigualdad binaria entre géneros, junto a la etnia, la clase y todos los elementos que conducen a la disidencia sexual. Los “devenires minoritarios” de todos estos “disidentes” se oponen al patrón “hombre-blanco-macho-adulto-urbano-hablando una lengua standard-europeo-heterosexual” que el sistema colonial esclavista impuso desde el inicio de la expansión capitalista en el siglo XVI.  

Y aquí aparece la segunda denuncia, la de la recuperación de la memoria, empezando por la de las mujeres asesinadas impunemente en la frontera de México, a las que la “necropolítica” del heteropatriarcado heredado del mundo colonial ha negado incluso el duelo, ya que considera a la mujer como una “posesión” del hombre. Por esto, la exposición pública de la muerte como un acto de reivindicación política, como fue el caso de Paola Sánchez Romero, cuyo cadáver fue llevado en manifestación por sus compañeras de trabajo en 2016, representa un ejemplo de lo que Sonia Herrera denomina “política post-mortem o trans-mortem”, algo cercano a algunos actos performativos de Act Up durante los años más duros de la pandemia del Sida. Esto toma más relevancia en un contexto en que el capitalismo ha eliminado la presencia de la muerte en nuestra cotidianidad (mucho más evidente en medio de la nueva pandemia del covid), mientras se sirve de ella como elemento esencial de dominio y explotación neocolonial, por medio del miedo, el sufrimiento, y, en última instancia, la eliminación sistemática de poblaciones marginadas, siempre lejos del imaginario colectivo del hombre blanco occidental. La “mayoría” supone un estado de poder y de dominación sobre las “minorías”. Dice Deleuze: “Las mujeres, cualquiera que sea su número, son una minoría, definible como estado o subconjunto; pero solo crean si hacen posible un devenir, en el que las mismas deben entrar, un devenir-mujer, que concierte al hombre en su totalidad, al conjunto de hombres y mujeres”. Se trata, sobre todo, de mostrar claramente la artificialidad de la construcción de las relaciones intergénero y sus discursos justificadores. Según Jean-Pierre Vernant, “el matrimonio es a la mujer lo que la guerra es al hombre, de donde deriva una homología entre la virgen que rechaza el matrimonio y el guerrero que se disfraza de muchacha”. La ruptura de los códigos “naturales” de conducta es un principio de reconciliación con la vida, al marcar el fin de la violencia “necropatriarcal” y la “necropolítica” en general, tal y como la entendía el filósofo camerunés Achile Mbembé: un sistema basado en producir y rentabilizar la muerte, cuyo monopolio pertenece tanto al macho mexicano con derecho a eliminar a sus mujeres como al ciudadano norteamericano, cuyo “miedo” a ser invadido le lleva a querer poseer armas e ir a la guerra, como parte de su “herencia sociocultural”. 

La reivindicación de la memoria, por tanto, trata de eliminar el silencio de las víctimas frente a este “monopolio” institucionalizado de la violencia: «Toda narrativa histórica es un lote de silencios particular. Un ejercicio de poder que hace posibles algunas narrativas y silencia otras. Pero no todos los silencios son iguales. Nuestro trabajo como cineastas, escritores, historiadores, creadores de imágenes, es deconstruir dichos silencios«, nos contaba el director Raoul Peck en su documental Exterminad a todos los salvajes. El «hombre blanco civilizado» tenía derecho a matar a un «bárbaro negro» porque el «bárbaro» no era un hombre. Este pensamiento de exclusión, que ya se experimentó en la España inquisitorial con la «pureza de sangre» para diferenciar al auténtico cristiano, castellano viejo, del judío o musulmán «impuros», se continuó con la identificación, tanto de indios como de africanos, como cercanos a la «animalidad», lo que justificó su uso como mercancía esclava, y la ocupación y explotación de sus tierras. Las terribles imágenes de las humillaciones sexuales de Abu Ghraib se insertan en este paradigma, como bien analizó Jasbir K. Puar en «Ensamblajes terroristas«, al compararlas con las torturas realizadas por los franceses durante la guerra de Argelia. 

La “necropolítica”, como forma de gestionar la muerte, es tan antigua como el sistema en el que vivimos, y desmonta la idea de que la “Declaración de Derechos Humanos” fue realizada para “proteger” al conjunto de la humanidad. Únicamente cuando los campos de exterminio nazi mostraron al público occidental la brutal realidad del genocidio de gente blanca, europea, “civilizada”, reaccionaron con horror. Pero anteriormente siempre se justificaron las masacres de otras poblaciones colonizadas sin la mínima reacción, y actualmente se suele aceptar el discurso que diferencia al refugiado “bueno”, si es el europeo blanco que procede de la guerra de Ucrania, mientras se excluye al “malo” si es subsahariano, musulmán o sudamericano, aunque huya del conflicto más atroz.  El sistema es hábil creando subjetividades e invisibilizando el horror a voluntad: “Los medios pueden hacer que ames al opresor y odies al oprimido”, creando una virtualidad que condiciona la banalización de la violencia y la muerte. La conversación entre Sonia Herrera y Sayak Valencia es también, por tanto, una lección de historia, que advierte del peligro de creer en una “historia única” y oficial que nos aleje de la memoria de aquellas víctimas que merecen ser lloradas. 

Fue una casualidad que llevase conmigo el libro mientras visitaba las “pinturas negras” de Goya, tremenda manifestación del horror de rostros enloquecidos en torno a aquelarres y procesiones demoníacas, que para el pintor representaban la metáfora del nuevo mundo que se iniciaba con el cambio de siglo. Y mientras observaba la mirada angustiada del “Perro semihundido” ante la nada, como si vislumbrara un fantasma en lo alto del cuadro, recordaba la inquietud que me provocó el paisaje vacío y cargado de desolación que la artista iraní Farideh Lashai realizó en su última obra, Cuando cuento estás solo tu… pero cuando miro hay solo una sombra (2013), inspirada en los Desastres de la guerra, también de Goya. La conversación de Lashai con Goya a través de la imagen y el tiempo tiene la misma fuerza que la de Sonia Herrera con Sayak Valencia, por la idéntica necesidad de denunciar y dar testimonio de la más cruda realidad. En ambas ocasiones, sus protagonistas han sido testigos de guerras, opresiones, y se ven afectados por el sufrimiento ocasionado a las víctimas inocentes. Lashai se apropia de los Desastres como Sonia Herrera del Capitalismo gore de Sayak, renovando y actualizando su mensaje, añadiendo un nuevo grito contra el olvido y la indiferencia. Lashai había despojado a los grabados de sus figuras, dejando solo visibles sus fondos, obligándonos así a repetir en nuestra mente las atrocidades que allí se representaban. Su vacío no es menos atroz que el que dejan los feminicidios y los cuerpos desechables de quienes han sido excluidos del relato oficial y no encajan en los esquemas heteronormativos y patriarcales del “imperio”. 

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