Colm Toibin y los armarios de la literatura

Por Eduardo Nabal

Aunque ya han pasado veinte años desde la publicación de Epistemología del armario, siguen vigentes esas premisas que acuñó, según las cuales a los llamados “grandes literatos” se les encerraba en grandes armarios, niguneando la importancia de su orientación sexual en su obra, cuando el amor o el nombre de su amor se considera fundamental para interpretar la obra de autores heterosexuales de renombre. El bloqueo sigue vigente y parece dificil de deshacer. Estuve en una universidad de Carolina del Norte en la que se consideraba provinciano hablar de la homosexualidad de Whitman y hasta malintencionado considerar a Shakespeare como un autor gay, cuando ya Wilde señaló el homerotismo de sus Sonetos.

El autor irlandés Colm Toibin, marcado por la homofobia de su país de origen, tal y como nos narra en sus primeras novelas, ha trazado en varias biografías noveladas o novelas biográficas la importancia de una sexualidad “entonces proscrita” en la trayectoria literaria de diversos autores. Su gran obra, The master, nos habla de la represión y los fantasmas de Henry James. En la recién publicada  y traducida novela El mago saca del armario sin tapujos a otro autor beatificado como Thomas Mann, para dar sentido a algunas de sus novelas, como La Muerte en Venecia y aparece su hijo Klaus que, además de exigir a su padre un rápido posicionamiento contra el nazismo, nunca ocultó su homosexualidad, aunque tanto su declarado antifascismo como su vivencia abierta del amor homosexual en la Europa de entreguerras le pasaran factura.

Toibin, con su pluma maestra, que todavía no ha recibido el reconocimiento mundial merecido, nos habla de diferentes formas de las luces y las sombras de los armarios de Henry James, cosmpolita y diletante, como del armario en llamas de Thomas Mann, cuyo matrimonio no le valió para ocultar la importancia de su vivencia gay en la Alemania de la época para entender el conjunto de su obra. Aquí, en Burgos, donde resido, el profesor de literatura nos conminaba a no nombrar la homosexualidad de Lorca a la hora de mencionarlo si salía en el examen de Selectividad, ya que lo consideraba un chascarillo.

Pero la reinvención de la historia de la literatura ya es imparable y los motivos para callar se caen por su propio peso. Si estos autores y autoras (como Elena Fortún, Julien Green, Rattignan o incluso Foster, que no se atrevió a publicar Maurice hasta mediados del siglo XX) fueran totalmente comprensibles desde el silencio, ni ellos ni ellas hubieran callado ni pasado por periplos tortuosos, desde el sobreentendido a lo apoteósico: como en el caso de Tennessee Williams, Carson McCullers o Patricia Highsmith, condicionados por una época y una sociedad a la que atacaron con furor.

Los tentáculos del heteropatriarcado nunca reconocerán sus barbaridades y Tobibin, con una pluma ácida al tiempo que refinada, nos habló de los represalidados y silenciados también en la Irlanda Católica, como Roger Casement o Elizabeth Bishop.

Puede que esa necesidad de reescribir las verdades de la literatura nos ponga frente a ese terrible poderío de lo hetero, en binarismo homo/hetero, pues, por ejemplo, nadie reprocharía a Woody Allen el hecho de solo sacar parejas femeninas en sus películas. Dependiendo de los momentos y los lugares, unos gestos cobran más o menos labor, pero la labor de este gran literato irlandés es un acto de creación, recreación y veracidad que el tiempo le agradecerá sin duda.

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