‘Mi hermano’, Jamaica Kincaid y la experiencia del sida en el Caribe

Por Eduardo Nabal

El desgarrado pero, a la vez, lúcido y estremecedor testimonio de la escritora estadounidense de origen caribeño Jamaica Kincaid – que muchas veces ha utilizado su propia experiencia vital o la de sus seres queridos como armas contra el ‘establishement’- alcanza el concepto no solo de solidaridad y amor en su libro Mi hermano, sobre la muerte de SIDA de uno de sus hermanos, sino que se alza hacia el concepto de interseccionalidad, hoy algo en horas bajas por algunas actitudes de mujeres contra otras mujeres (pongamos el ejemplo de la transfobia y las TERF) y por el individualismo y los prejuicios crecientes.

Su gran memoria, que tanto irritaba a su madre (de la que traza un nada cómodo perfil en otro de sus libros), le permite recordar el momento del nacimiento de su hermano y su reencuentro, mucho después,  en la cama de un hospital, aislado del resto de los enfermos. Cuestiones como la raza, la migración, las sexualidades y el estigma y la lucidez ante el dolor y el horror forman, de nuevo, parte de la prosa, a la vez tersa, elegante y cruda, de esta autora excepcional  de la que solo se han traducido algunos de sus libros.

Nacida en “territorio colonial”  (Antigua y Barbuda), fue enviada a estudiar a Nueva York, aunque nunca olvidó sus raíces ni la de sus compañeras de geografías ni de raza.  En esta ocasión redescubre, en un momento límite, el amor por un hermano al que nunca llegó a conocer del todo, sentenciado por el poder médico y ya antes estigmatizado por su talante poco convencional y una homosexualidad que ella misma desconocía.

Una gran fuerza emotiva recorre las páginas de un libro que pasa del fatalismo al vitalismo en la voz encendida y vibrante de una autora única en el género de la biografía con dimensión social. Kincaid redescubre el, en ocasiones, insufrible pensamiento religioso de su madre y las muchas facetas de ese hermano etiquetado simplemente como “promiscuo y adicto a las drogas”.

Ella descubre el complejo mundo que se encuentras tras esa opacidad. Cuando su hermano experimenta una cierta mejoría, la autora descubre a una persona brillante encerrada en un hombre luchando por su vida y apreciando los parajes temporales en los que puede salir del hospital y asomarse a la verdadera vida.  Kinkaid no descarta la ironía, no escatima cierto patetismo desde la sinceridad y rehuye cualquier atisbo de moralismo sin quitarle la fuerza devastadora a su visceral  testimonio del periplo hacia la muerte. 

Su viaje al Caribe para encontrarse con su hermano enfermo en los primeros tiempos de la pandemia, cuando apenas llegaba el AZT a la zona de Antigua le da pie a una reflexión que muchos han retomando sobre “el hacer vivir y el dejar morir”, durante la pandemia del SIDA. Solo la sororidad de alguna amiga le permite acceder a algunos medicamentos básicos del que el hospital se encuentra totalmente desabastecido. Recetas de medicamentos que van pasando de moda y una mirada nueva sobre Devon, ese hermano esquivo y díscolo ahora debilitado, delgado pero con la misma capacidad de fabular. 

La autora conjuga sentimientos contradictorios de renovado afecto, rabia, impotencia e incapacidad de hablar de su muerte los días después de su fallecimiento.  Un testimonio en espiral, duro y estremecedor, que sin caer en ningún víctimismo, sabe señalar la falta de recursos y la corrupción del Gobierno que se autoperpetua en el lugar en el que nació. 

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