‘Bajo la rueda’: retrospectiva crítica de una representación contra el sida

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Por Eduardo Nabal

La literatura cubana manifestó las primeras voces de un modo de disidencia que llegó rápidamente al corazón de un régimen no solo dictatorial, sino que también se prometía ideal con su ‘hombre nuevo’ y su guerra particular. La homofobia legal tomaba carices de gran enfermedad social de “odio al diferente”.

Gays, lesbianas, trans, prostitutas eran esos “seres extravagantes” que el régimen persiguió desde el primer momento con sus campos de trabajo y su alienación y estigma generalizado. El odio hacia el colectivo LGTBIQ llega, cambiado, atenuado, digerido, hasta nuestros días bajo la figura del Revolucionario que tanto eco ha tenido en la propaganda que Cuba ha hecho de sí misma.

A pesar del tiempo transcurrido y los cambios producidos, nada desdeñables, el machismo campa a sus anchas al igual que la homo, lesbo y transfobia en una sociedad con el referente de la imagen del ‘guerrero’. No cabe duda de que gente como Mariela Castro han hecho mucho por la diversificación y la visibilidad del colectivo LGTBIQ en diversas campañas y manifestaciones, pero parece que las sectas católicas siguen presionando para mantener la figura del macho impoluto como imagen de la Cuba eterna, aún hoy.

Bajo la rueda, convertida ahora por el equipo de Cuerpos Periféricos en una maravillosa obra de teatro, proviene de una recopilación de cuentos llamada Toda esa gente solitaria, producto de un taller literario de narraciones breves realizado en el sidatorio de ‘Villa de los Cocos’, en los años más negros de la cuba castrista. Un relato dramatizable y dramatizado con un resultado mágico para la ocasión.

Un equipo de producción, un gran actor, una bailarina, transforman un diálogo entre un joven gay y un joven revolucionario en una habitación del sidatorio (hospital de reclusión forzosa) en un maravilloso monólogo adornado por una cuidadosa puesta en escena, con gran atención a todos los detalles.

De todos los relatos del libro me pareció el que tenía mas diálogo presencial y era más fácilmente dramatizable. Galeo, con su gran talento, ha sabido convertirlo en un peculiar monólogo que ha encandilado al público, bajo las luces y las músicas precisas, incluyendo un grabado del ilustrador de Lezama Lima, René Portocarrero, al fondo del escenario, cercano, vital, teñido de vida y muerte.

Escritores de renombre como Severo Sarduy en Pájaros de la playa ya trazaron el espacio enloquecedor del sidatorio con el barroquismo habitual de su prosa, mezclando ironía y dramatismo. Pero Toda esa gente solitaria reúne voces jóvenes de escritores en ciernes que muestran su desbordado talento para contar su llegada a esa ‘jaula dorada’ de la que habla Hermán en Bajo la rueda, que el entusiasmo del equipo de Cuerpos periféricos en Red, de Cádiz, ha convertido ya en un pequeño clásico del teatro breve.

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