Mujeres trans en la epidemiología del sida ¿a quiénes protege la policía médica?

 

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Por José García

 

Si nos atenemos a la definición aristotélica de ‘metáfora’, esta consistiría en dar a una cosa el nombre de la otra. Como puntualizaba Susan Sontag a finales de la década de los ochenta, decir que una cosa es o que es como algo-que-no-es es una operación mental tan vieja como la filosofía o la poesía, el caldo de cultivo de la mayor parte del entendimiento, inclusive el entendimiento científico y la expresividad. Sin embargo, como apunta también la ensayista norteamericana, “desde luego, no es posible pensar sin metáforas. Pero eso no significa que no existan metáforas de las que mejor es abstenerse o tratar de apartarse” (Sontag, 1989).

Esto, que parece una mera discusión terminológica, conceptual, metalingüística, de “corrección política” a la hora de hablar de enfermedades como el sida, no resulta, en absoluto, inocuo ni accesorio. Tiene sus repercusiones en el orden práctico, nos invita a hacer una reflexión sobre la materialidad de los discursos, de cómo los discursos, sobre todo aquellos especialmente prestigiados socialmente, como es el discurso médico, tienen su repercusión en la vida real de las personas y sus condiciones materiales de existencia. Y ello es particularmente cierto desde que desapareció en el mundo occidental una medicina que se basaba en una conciencia de la enfermedad en la que lo normal y lo patológico no constituían los conceptos organizadores de las categorías fundamentales de esta disciplina científica. A partir de entonces, ‘medicalizar’ a un individuo significará separarlo y, de esta manera, purificar a los demás. Es decir, supone practicar una cierta ‘medicina de exclusión’ (Foucault, 1990)

Es decir, que el discurso médico no solo provee a la sociedad de ciertas ‘metáforas’ altamente estigmatizantes de personas y colectivos humanos. También lacerantes mecanismos de exclusión del bienestar físico y material. Así, en los prolegómenos de la crisis del sida, la epidemiología acuñó el término “grupos de riesgo” para referirse a las comunidades humanas más ferozmente atacadas por la pandemia. De ello se derivaron, en aquellos años infames, prácticas clínicas y sociales excluyentes, como la prohibición de donar sangre a todos los homosexuales (con independencia de sus prácticas y su actividad sexuales) o códigos de seguridad como el de Renfe, que alentaba a su personal a expulsar de las estaciones de tren a homosexuales y otros “grupos de riesgo”.

Pero la epidemiología, íntimamente relacionada con la ‘policía médica’ que surge en Alemania a finales del siglo XVII con la emergencia de una medicina social, aunque no se consolidará como un saber científico perfectamente estructurado hasta el siglo XX, sigue produciendo prácticas discursiva y, por ende, también clínicas, claramente excluyentes. A dia de hoy, uno de los colectivos más afectados por el VIH/Sida, las mujeres trans, queda totalmente invisibilizado en la categoría de Hombres que hacen Sexo con Hombres (HSH). Según los epidemiólogos consultados por este medio, ello se debe a que la clasificación de las vías de transmisión solo tiene en cuenta “el carácter erosionaste de ciertas prácticas sexuales”, en una clara alusión al sexo anal. Un argumento que no resiste ningún análisis riguroso. En primer lugar, porque el sexo anal no es exclusivo de ningún grupo humano, ya sean varones homosexuales o mujeres trans. Y, para continuar, porque la epidemiología debe observar no solo los factores fisiológicos de la transmisión de una enfermedad, sino situaciones más complejas que invitan a considerar los aspectos piscosociales, ambientales, materiales que rodean a las personas y los grupos humanos afectados por esa enfermedad, lo que está obligando a los servicios de vigilancia epidemiológica a incorporar equipos multidisciplinares donde también intervienen profesionales de otras disciplinas como la demografía o la estadística. Y yo llegaría más lejos, ha de incorporar también las aportaciones de otros saberes articulados como las ciencias sociales o la antropología. Y, si me apuran, también de los estudios de género o los estudios queer.

Así las cosas, el último informe de Vigilancia epidemiológica del VIH y Sida en España 2018 del Instituto de Salud Carlos III, actualizado a fecha del 30 de junio de 2019, desglosa la epidemología de esta enfermedad en factores como el sexo y la edad, los modos de transmisión o incluso el lugar de origen, pero en ningún momento adopta como criterio de observación la identidad de género, por lo que las mujeres trans y su realidad específica quedan diluidas en la “transmisión en HSH”. Ello no implica simplemente una falta ostensible de tacto a la hora de referirse a las mujeres trans, también nos impide comprobar la magnitud de la prevalencia del VIH/sida en España entre este colectivo, lo que supone anular cualquier tipo de observación sobre los factores psicosociales que intervienen en la transmisión del VIH, dificultando notablemente las estrategias de prevención.

Según la organización Human Rights Campaign, el 19,1 por ciento de las mujeres transgénero en el mundo viven con el VIH. Apoyándose en las sugerencias de Centros para el Control y prevención de Enfermedades (CDC, en sus siglas en inglés), apunta a ciertos factores de riesgo que se asocian directamente con la transfobia y la marginación que padece este colectivo y explicarían la alta prevalencia de la enfermedad en el mismo. Entre estos factores se incluyen tasas más altas de abuso de las drogas y el alcohol, el trabajo sexual en condiciones de precariedad y vulnerabilidad, el encarcelamiento, la falta de vivienda, los intentos de suicidio, el desempleo, la falta de apoyo familiar, la violencia, el estigma, la discriminación, el acceso limitado a la atención médica y las malas experiencias durante las citas de atención médica. Más recientemente, se interroga incluso si existen estudios fiables sobre la compatibilidad de la Píldora Pre Exposición con los tratamientos hormonales que siguen muchas mujeres trans.

Todo un corolario de omisiones que no solo impide nombrar las identidades trans fuera del ámbito de la patologización psiquiátrica, sino que además abunda en su revictización permanente.

Bibliografía:

Sontag, Susan: El sida y sus metáforas, Muchnik Editores, Barcelona, 1989.

Foucault, Michel: La vida de los hombres infames, La Piqueta, Madrid, 1990.

ISCIII: Vigilancia epidemiológica del VIH y Sida en España 2018, Madrid, junio 2019

https://www.hrc.org/resources/las-personas-transgenero-y-el-vih-lo-que-sabemos 

https://www.cdc.gov/hiv/spanish/group/gender/transgenero.html 

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