Las reinas de Inglaterra

Una secuencia de ‘Eduardo II‘ (1991), de Derek Jarman

Por Eduardo Nabal

Sin caer en exageraciones, ni los gobiernos ni la monarquia inglesas han hecho mucho por los derechos de la llamada comunidad LGTBIQ. La homosexualidad no se despenalizó hasta bien entrados los años 60 y son famosos los artistas y escritores represaliados por las leyes vigentes, de Oscar Wilde a Alan Turing, sin olvidar el periplo accidentado de algunas mujeres como la transgénero Anne Lister o los pasos adelante dados por inventoras de la mente como Mary Shelley.

No podemos tachar, así, de buenas a primeras, a Gran Bretaña y sus colonías como un lugar sexófobo, ya que, aun de rebote, de allí salieron plumas como E.M. Foster, Quentin Crisp, Christopher Isherwood, Virgina Woolf, Vita Sackville West, W. H. Auden o Stephen Spender, entre otros muchos, por citar los y las más conocidos. Sin embargo, aunque con posterioridad la iglesia, la monarquía y el gobierno británicos rehabilitaran a sus víctimas, no podemos decir nada en favor de su legislación homófoba, ni de su moral victoriana, que parece nunca desaparecer del todo. Por ejemplo, el director Derek Jarman y la actriz Tilda Swinton arremetieron con furia contra la homo, lesbo y transfobia promovidas por el gobierno de Margaret Thatcher, ya desde una educación restrictiva y heterocentrada, donde el material LGTBIQ se consideraba “propaganda homosexual”.

Un país no demasiado amable ni con las nuevas generaciones queer, ni con los mineros, ni con los contestatarios, como se muestra en la película Pride, de Andrew Marcus, sobre la unión del movimiento LGTBIQ y los mineros huelguistas en épocas de conservadurismo atroz.

Aunque algunas voces fueron pioneras en el soneto homoeróetico, como el mismísimo William Shakespeare, o en el teatro gay, como su predecesor Christopher Marlowe. Virginia Woolf vivió con cierta timidez sus impulos de amor por otras mujeres en un matrimonio con Leonard Wolf, aunque dedico su gran novela “trans”, Orlando, a su amante Vita Sackville-West. Una novela filmada- a su manera- por la realizadora Sally Potter, aventajada discípula del realizador Derek Jarman, que hizo pública y política su seropositividad.

Podemos obentener muchos detalles en la biografía de Woolf, recientemente publicada, obra de Quentin Bell, heredero del grupo de Bloomsbury, donde figuraban voces gays y lesbianas como Lyton Strachey, Dora Carrington, Vannessa Bell, Auden… En 1961 Basil Dearden realizó un policiaco resultón, aunque algo mojigato, contra la legislación inglesa antigay, llamado Victim, y protagonizado por el ambiguo Dirk Bogarde, como un prestigioso abogado sometido al chantaje por sus amantes. Un filme que lo conduciría al terreno fascinante y homosocial de El sirviente de Joseph Losey.

Algo que se reproduce en las vidas filmadas o escritas de Alan Turing (The imitation game), heredero de la máquina de Ada Lovelace (hija de Lord Byron) y constructor de la máquina binaria que contribuyó a que los aliados ganaran la Segunda Guerra Mundial. Pero fueron el anquilosamiento de estos binarismos de género el que llevó a Turing al ostracismo, la criminalización y a la hormonación forzosa, acabando con su vida. Hoy, por supuesto, la hipócrita Albión ha convertido a su cobaya en un héroe sin parangón. Y hasta le ha dedicado una capilla.

Sin embargo, realizadores como Bill Condon nos han hablado de los movimientos por la liberación sexual en Inglaterra, como Outrage, que aparece en las imágenes finales de Edward II, de Derek Jarman, donde Tilda Swinton borda-en clave paródica- el papel de “la malvada y poderosa reina”.

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