Belleza y rebeldía en ‘La danza piadosa’, de Klaus Mann

Por Eduardo Nabal

Con sólo diecinueve años, el escritor alemán Klaus Mann, algo ensombrecido por la merecida pero abrumadora fama literaria de su padre, maestro ya consagrado y premio Nobel de literatura, buscó, desde su primera obra, su propio sendero en el arte de las palabras, desde la autobiografía como provocación y partiendo de un declarado antifascismo, que tanto él como su hermana Erika llevaron a los escenarios de la época.

Los Mann frente al fascismo


También los hijos de Thomas Mann exigieron que este se posicionara, ya en los años treinta, de una vez por todas contra el ascenso del nazismo, a lo que el autor de La montaña mágica, al principio, se resistía, embebido en la belleza de la cultura de su país y un cierto sentido espíritu nacionalista. 

El hermano de Thomas Mann, Heinrich, también destacó por sus narraciones breves y por su atrevida novela El profesor Unrat, en la que se basó el filme El ángel azul, de Josef Von Sternberg, todo un clásico del primer cine sonoro y una descripción, nada complaciente, de la otra cara de la sociedad del momento. 

La intelectualidad europea de entreguerras, representada por escritores y ensayistas como Stefan Zweig (El mundo de ayer)  ve cernirse el fantasma del fascismo sobre una clase relativamente acomodada, pero no parece poseer las armas suficientes para hacerle frente de forma unitaria. 

La danza piadosa (Cabaret Voltaire), la primera novela de Klaus Mann, es la apertura al mundo de Andreas, hijo de un reputado médico que huye, al final de su adolescencia, al Berlín de los años veinte donde encuentra una ‘troupe a artistas’ (actores, actrices, músicos, tramoyistas…) poco convencionales, que lo acogen en su seno y le hacen descubrir su pasión por otros muchachos, ejemplificados por el hermoso Niels, con el que inicia un apasionado romance que nunca llega a consumarse. 

Andreas, con vocación de pintor, busca en la capital alemana descubrir aquellos lugares, escenarios y personajes que están vedados a la mayoría de los jóvenes de su generación y se une a la representación de un cabaret satírico; un tema, el teatro, y el contenido sociopolítico que volverá a aparecer en otros de sus libros, como en la ácida Mephisto, donde la confusión entre el teatro y la vida le sirven para una aproximación original, mordaz y atrevida al implacable ascenso del nazismo, con sus marionetas amenazadoras, sombrías y grotescas.  

Esta novela fue llevada al cine en el año 1981 por el director húngaro István Sazvo, que logró un excelente retrato de las luces y las sombras, los colores y la fatuidad de la Alemania del momento, teniendo como protagonista a un inspirado y seductor Klaus Maria-Brandauer, con ecos fassbinderianos pero mayor apertura al retrato sociohistórico. 

Resulta sorprendente no solo la madurez descriptiva del joven Mann, sino también su gusto por la experimentación con la forma, buscando su propio estilo, más allá de los pilares de la literatura clásica, sin renunciar a la belleza y a la inmersión lúcida e incisiva en la psicología de sus personajes. 

En el Berlín, a la vez frívolo y sombrío, que describe en La danza piadosa ya se atisban algunos rasgos de “un mundo que agoniza”, en el que Andreas ha encontrado tempranamente su lugar, aunque sabe que ni para él ni para nadie la situación puede llegar a ser duradera, paseando con una mezcla de alegría renovada y continua desconfianza por distintos episodios de la trama. 

Klaus Mann volvió a adentrarse, sin tapujos, en el amor gay en casi todas sus grandes novelas, incluso en su breve y teatral aproximación biográfica a Luis II de Baviera, que sorprende por su modernidad estilística y su desafío a la clase médica. Como sorprende la originalidad de sus grandes novelas sobre la Europa de entreguerras (El volcán, un libro de viajes, Huida al norte) o el fantasma del ascenso del nazismo en su país (Mephisto), mezclando crudeza, morbosa sensibilidad, provocación, dinamismo y elementos que rozan lo lúdico y lo esperpéntico. 

Al contrario que su padre, Klaus Mann no ocultó nunca ni su disidencia al heteropatriarcado ni su oposición clara a la amenaza del fascismo en toda Europa, llegando a retransmitir noticias por radio sobre la guerra civil española y posicionándose, como cronista,  sobre lo que realmente estaba ocurriendo allí. La danza piadosa, a pesar de tratarse de una narración iniciática, goza ya  de construcción original y un rico vocabulario, mezclando la comedia satírica, el retrato sensual y el drama de costumbres, acercándonos de forma rutilante a los rincones del Berlín de los años veinte desde los ojos del joven Andreas, una criatura que no teme, ya desde su radiante juventud, descubrir el amor, el miedo, la pasión, la diversión sin cortapisas, la libertad pasajera y la amenaza de la muerte. 

Ya en su primer y precoz libro, el autor parece comprender, con vista de lince, el catálogo de las debilidades humanas y algunos de los males que acechan a la sociedad de su tiempo, las sombras y las tinieblas que empiezan a cernirse de forma irremisible  sobre la Europa de entreguerras.

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